A Paulo

 

El míster llamó a su aprendiz. Con claridad le explicó la ruta para llegar al lugar de encuentro: pasando la primera hectárea con dirección al Rancho San Bartolomé, levantas la vista a la derecha y verás un dos por dos con letras moradas señalizando el callejón de los amigos; es una callejuela empedrada y angosta. Al final, verás del lado izquierdo un portón color cobre. Jala con fuerza la campana que cuelga de la esquina y golpetea la puerta unos cinco segundos, las ondas sonoras llegarán a mis oídos. Te abriré en lo que bajo del tejado.

Eran pasadas las ocho de la noche cuando el joven Pastrana llegó, y el míster lo condujo al tejado. Por fin se sentaron sobre el suelo, en puntos equidistantes. Los dividía unos leños recién encendidos que estaban rodeados por una venda perfectamente estirada. El míster no avivó el fuego por capricho, en verdad, estaba helando.

Pastrana venía de una caminata de hora y media, soportando las bofetadas del viento que de frente venían, entre pastizales cubiertos por lodo y personas altamente enigmáticas. La experiencia lo motivó a cuestionar a su maestro y le dijo: Míster ¿Dónde escondiste la consideración? Poco faltó para que una jauría me devorara; me citas ahora, con urgencia y de improviso, pudimos fijar el punto medio. El maestro contestó: ¿ya estás aquí o sigues caminando en la hectárea? ¡Ponte esa venda en los ojos! Te guiaré por la hacienda. Ingenié una simpatía de las mías. Pastrana se colocó la venda, estaba a ciegas y se levantaron.

Bajaron por la nuca de la azotea, por una escalera en picada incrustada en la pared; se dirigieron al primer cuarto por un caminito inundado y el joven estaba cierto de que las pierdas que saltaban a sus pantorrillas eran sapos esquivando la pisada. Llegaron y entraron, se sentía húmedo, había demasiado frío contenido, como si el aire tibio de la mañana no hubiera entrado por años. Se respiraba putrefacción y un curioso olor a camarón. El míster -para mejorar la peripecia- le tocaba la cara con una vara de trigo y le rociaba la cara con agua casi congelada. El maestro le dijo: percibe todo lo que altera tus sentidos, cuando termines, quítate las botas y vamos al siguiente cuarto. Yo te sigo tomando de las manos, no temas.

Ya descalzo, lo condujo por el asfalto. Toparon con la segunda puerta y le pidió al joven que la acariciara delicadamente, era una puerta rugosa con alfileres; adentro, olores relajantes, una mezcla de tomillo con incienso, temperatura templada y se recostaron sobre un colchón con calidad de succionar cuerpos. El míster lavó sus pies, los secó y le puso unos cómodos calcetines de lana. Después, le colocó a la fuerza unos zapatos, el derecho en el izquierdo y viceversa. Salieron.

Caminaron sobre un corredor de alfombra con música orquestal de fondo, hasta llegar al penúltimo lugar. Un sauna. Ambientado por rock pesado a muy alto volumen, el míster gritaba como un loco, mientras Pastrana -sentado en un cubo de paja- esperaba quitarse la venda a la brevedad. Por seguro, el cuarto final estaría más ataviado, y así fue, aunque seguía con los apretados zapatos al revés. Llegaron al spa improvisado.

El aprendiz degustó una sopa de finas hierbas, posteriormente, fue dispuesto en una colchoneta; el maestro masajeó sus hombros y cuello. El aceite con el que lo hacía, lamentablemente, era de brócoli con mostaza. Obviamente, Pastrana suplicaba un baño después del teatro.

Las botas fueron devueltas. Se encaminaron al tejado. Subieron de frente, por una escalera segura. Se sentaron. El míster encendió de nuevo la fogata. Le pidió que escuchara el crepitar, que respirara hondamente.

Le quitó la venda. Abrazó al joven y besó su frente. Sacó una hoja y comenzó a leer en voz alta: Aceptemos que la oscuridad no desaparece como del anochecer al amanecer, no por puro deseo. El reto es aprender a vivirla, a sentirla; diseñando con creatividad la espera de la luz. Entonces, hay luz al aguardar la luz. La realidad estará ambientada por el espacio y sensaciones que aminoren la pena. En la ansiedad podrá haber comodidad, fluidez y gozo dentro del dolor. En “el aquí y el ahora” se encuentran las herramientas para desarmar el miedo. Si existe pesadumbre en la mente, se baja al corazón, es decir, la sufriente vivencia se transforma liviana. Esto es una práctica. Aprender a dolerse. Escoger como subir o bajar de la tristeza.

¡Ya estamos aquí! ¡Frente a la vida! ¡Ponte a reavivar el fuego una y otra vez! ¡Haz el camino dentro de lo irremediable! ¡Sé halcón, aunque una venda te cubra los ojos!

FIN

Por Gustavo Llorente

Foto: Amaya Martínez

Facebook e Instagram: Amaya Martínez Photography   @amayamartinezphotography

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