A Irvin y Roger

Cualquier mujer deseaba vivir de la mano del Doctor Luis Gerardo Pantoja. Dominaba varias ciencias, encontró la fórmula para regenerar los neurotransmisores, comprobó el error en el código Fibonacci, conocía bien la astronomía, recitaba poemas de alta complejidad, sus hipótesis eran siempre comprobadas, redactaba los discursos del presidente español, leía “El Quijote” una vez por año y alcanzó la fama por sus elocuentes cursos de Metafísica y de Matemáticas Avanzadas en la Universidad de Friburgo. Además del potente intelecto del Doctor, su cuerpo se mantenía sólido y erguido; sus facciones parecían ser hechas con la mano,  lo decoraba una barba blanca -siempre delineada con navaja- retocada al punto, tenía ojos verdes profundos que hacían resaltar su rostro. Normalmente se trajeaba, combinaba un saco azul marino con camisa color cielo, bufanda, y pantalón gris Oxford. Solía llevar una anforita con whiskey escocés en el portafolio, a un lado de su loción predilecta. Siempre fue un hombre noble a pesar de los hondos dolores del alma que sufría. A los veintiséis contrajo matrimonio con Ana Sofía Di Verdi, mujer alta de personalidad encantadora, cercana a simpatizarle a quien la conociera. No pudieron concebir a causa de la esterilidad de Luis.

Pasado el mes de septiembre de aquél año, el Doctor acudió a la presentación del libro de su mejor amigo, Julio Palmeras. Habían dejado las cenas cotidianas en La Faena por tres o cuatro años,  a raíz de la muerte de la esposa de Julio en un avionazo -de eso trataba su novelita-. Al terminar el discurso y la breve reseña, Luis lo invitó a pasar la noche en casa de sus suegros. Terminaron con las botellas de vino que escondía el papá de Ana y durmieron sobre el tapete persa; cada cabeza acomodada en las piernas del otro, a excepción de la de Luis que prefirió usar el suéter de almohada. Mucho tiempo atrás disfrutaron de una velada de esa magnitud, quizá sólo hacía falta el deslumbrante espíritu de Carolina, la difunta de Julio. Se despidieron y cada quien a su ciudad de residencia.

Luis Gerardo era un catedrático imponente, daba las clases con firmeza, y tenía dos docenas de técnicas psicológicas para que sus alumnos forjaran carácter; él enseñaba por gusto, sus creaciones ya le remuneraban para vivir holgadamente cada mes. El reconocimiento y respeto social lo conquistó desde la juventud. Era el más destacado deportista de la familia. Desde la adolescencia poco le interesó ser atractivo para las mujeres. La gran problemática, que no alcanzaba a ver, era que él mismo se percibía distinto, tenía una falsa apreciación de sus cualidades -o se sentía superior o sentía inferior-, padecía de un orgullo desmedido y, por dentro, desde que abría el ojo, le roían los nervios. Siempre mantenía silencio por la agitada angustia. El entendimiento del que gozaba distaba mucho de su visión angosta de la realidad, es así que adoptó la fuga en la intelectualidad, le hacía sentir bien alimentar la dirigente. De las entrañas a la mente sentía grandiosidad, de las entrañas al fuero más interno sentía vacuidad. Yo no sé si el Doctor  tenía algún trastorno mental o si era simple egocentrismo. Dicho lo cual, el único problema que nunca pudo resolver fue el de la percepción de sí mismo. Asunto que olía, pero nunca degustó. Sentía que algo había por descubrir sin saber qué, entonces buscó desentrañarlo iniciando su carrera con el licor a los cuarenta y altos. Para él fue acogedor tener un tinto al lado de los cuentos de Tolstoi. El Doc. Pantoja decía: “destapas el corcho y la creatividad también”. El beneficio de la copa era dejar de sentir, aunque sea por un momento.

 

Al salir de una conferencia en la Universidad de su ciudad, pasó a la tienda de su amigo “la piraña”, compró una tortilla española y una botella de vino blanco. Encendió un pitillo y se direccionó a casa; al llegar se encontró con dos cuerpos desnudos en la sala principal, Ana Sofía y Julio. A su camarada le reventó la botella en la nuca y a su esposa le escupió en la frente repasándola con una bofetada. Ella contestó gritándole: ¡Doctor Fausto ¿Tú crees que yo soy la del Toboso? ¡Ni siquiera mi familia te soporta! ¡Acabas de asesinar a tu mejor amigo! ¡Sesuda mierda! ¡Esta es la quinta vez que Julio te suple como amante! ¡Largo, profesor de cuarta! ¡Has ahuyentado a mis amigas! ¡Nadie te quiere!

Después de la escena, se abrió la puerta a la decadencia de Luis, emprendió su desaparición, de Madrid a París. Se fue con el sentimiento de un genio incomprendido. Rentó un departamento sobre la calle Rue des autres, fue contratado en una escuela primaria para dar clases de matemáticas en inglés y, a la par, escribía en su cuarto un nuevo libro sobre los cometas. El Doctor se olvidaba lentamente de la etiqueta y de la pulcritud, sus largas barbas estaban contaminadas por el tabaco, la afectación del licor se veía en las conversaciones con sus colegas, estaba mermada la lucidez; caminaba solitario por los parques con la anforita en mano, usaba una levita grisácea, zapatos de gamuza color negro y al poco tiempo necesitó estrenar unos anteojos. Antes de regresar al departamento, pasaba por su amante Christine al prostíbulo La Ligne. Luis decía que era la mejor musa de la inspiración que había conocido, bastaba con ver sus carnosos labios para imaginarse la superficie de la luna. La economía del Doctor permanecía estable, lo andrajoso sólo era una nueva apariencia, poseía lo que ahorró en España y los ingresos de la academia. Estaba perjudicado, pero seguía disfrutando la comodidad.

Las favorables circunstancias le duraron diecinueve meses hasta que lo corrieron por presentarse recurrentemente con aliento alcohólico a sus clases. Esto lo orilló a buscarse un cuartito que pudiera solventar, sobreviviría de la liquidación y de sus ahorros, encontró sitio en un barrio lejano al centro de la ciudad. Veía volar sus billetes entre baguettes, prostitutas y alcohol. Luis Gerardo, por las mañanas tenía una detestable apariencia, se mostraba pálido, apabullado, vapuleado. Tenía cincuenta y cinco cuando empezó a deformarse, la joroba asomó la cabeza, sus arrugas parecían profundas grietas, sus uñas contenían tierra y salsa, el aliento dejaba estela como de camión de basura; cada día se enjutaba más y sus huesos se estaban debilitando por segundo. Violentaba las calles de París, ofendía a las damas que pasaban frente a él mientras bebía café con anís sentado en una banca, en las fondas aventaba los platos si la comida fría llegaba fría, salía a empujones del mercado en el intento de robar cerveza, invitaba a su cuarto a los travestis, se acostaba en la banqueta cuando olvidaba que tenía donde dormir y empezó a destellar megalomanía. Después de veintiún días, su capital le permitía comprar solamente tres bolillos por día y el alcohol más corriente en envases de cartón.

El último día del año le pagó a su arrendatario con la cama, el escritorio y sus vestidos; acto seguido, fue dispuesto en la calle con una navaja amenazando la yugular. En la madrugada encontró a un grupo de clochards alegres festejando el año nuevo, mientras brindaban con alcohol etílico. Luis se presentó como el descendiente directo de Pablo Picasso -por lo que utilizó ese mismo nombre- y presumía ser el más reciente premio nobel de física. Le gritaban: ¡Pablo, Pablo, cuántos segundos lleva el año! ¡Haz un autorretrato, hoy te ves muy bien! El doctor enfurecido comprobó su teoría de que la sociedad es maligna. Así que formó su nuevo hogar en la esquina de la plaza central, sobre una coladera para calentar los pies. Ahí pasó su último año de vida, hurgando en los basureros y robando el licor de los indigentes aledaños. Con seguridad se jactaba de ser un genio afamado y reconocido en todo el continente europeo, cantaba de memoria y a todo pulmón La Odisea, con un pedazo de carbón resolvía nuevas ecuaciones sobre el pavimento, dormía dos horas y volvía a beber. A las doce de la tarde elevaba plegarias a la Virgen de Montserrat, no recordaba bien las jaculatorias, así que creó una y la memorizó, en el verso final suplicaba la abundancia de alcohol para las noches de frío.

La última botella de alcohol del noventa le supo a soberbia intelectual. Ya no necesitó otra gota más. Sus neurotransmisores sufrieron daño irreversible, veía cometas rodeando la Torre Eiffel, en las madrugadas de insomnio lo atormentaba un soliloquio refutando a Fibonacci, besaba las farolas sintiendo a la señorita Di Verdi. Una vez más, estaba en una realidad alterna, ahora se percibía como aquél docente de la Universidad de Friburgo; vivía cierto de ser un iluminado, un sabio y profeta. La gente pasaba ofreciéndole pan, vestido, agua, y el doctor contestaba con altanería: ¡Llévate eso! ¡No lo necesito! ¡No sabes a quién se lo estás ofreciendo! Arrojaba las monedas de vuelta, rechazaba al que se acercara y los veía con aires de superioridad, con desprecio. Se escondía para comer lo que robó del basurero y se repetía: ¡qué vergüenza me da la gente, es estúpida, siempre con gestos puritanos y actos generosos para sentir la buena obra del día! ¡Le estiran la mano a Pablo Picasso! ¡Como si tuviera un problema! ¡Que ayuden al que ya no puede!

Once horas después de su último trago comenzó a entumecerse todo su cuerpo, le temblaba la mandíbula, escuchaba la voz de Alonso Quijano diciéndole que venía por él, veía a Julio con un bebe en brazos, no podía detener el vómito de sangre, sentía como sudaba con la misma fuerza que necesitaba para sacar de sí el espíritu, perdió la vista, se le apagó la mente, le reventaron los órganos y exhaló. Tuvo como féretro la coladera. Entonces, me acerqué a ver su cuerpo y formulé un epitafio decoroso: ¡Nuestro amigo, siempre tuvo la razón!

 

Por Gustavo Llorente

 

 

 

 

 

 

 

 

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