Por Gustavo Llorente

 A mis hermanos, Arturo, Eduardo e Isabel

PERSONAJES

Renato.

El cura.

Yolanda.

Enrico.

El Hermano Yemen.

Dos monjes.

Gerónimo y Jerónimo.

Señora Strauss.

El Doctor Kohn.

PRIMER ACTO

De madrugada. Renato andando en el Camino de Santiago. Da vuelta a la derecha y ve una reja. Hace sonar varias veces la campana incrustada sobre la pared blanca del lado izquierdo. Ve a un cura aproximarse a los lejos.

ESCENA I

El cura y Renato

   EL CURA. – ¡Ya voy, hijo mío! ¡No encontraba mis chancletas! Con este frío siento que mis cachetes quieren alcanzar a mis orejas y viceversa (Abre la cerradura) ¿Vienes de parte del Monseñor Ibáñez?

RENATO. – No. Busco alojamiento. Llevo andando catorce kilómetros y, a falta de luz, me perdí ¿Este lugar acepta visitas? (El cura lo jala del brazo y entra) ¿Cuánto debo pagar por la estancia? Sólo necesito dormir unas cinco horas para continuar con mi camino. También, un pedazo de pollo, si es posible. Mis tejidos necesitan proteína ¡Me da vergüenza ser un pedigüeño!

ESCENA II

(Renato y El Cura, se ven de espaldas caminando de subida mientras el cura se rasca las nalgas. Dialogan. Entran a la sala de estar, espacio rústico con un escritorio y dos sillones de piel café.)

Los mismos

   EL CURA. – Hermano, tenemos este ejido como santuario. Quiero decirte que practicamos algunas reglas que deberás seguir, ya que tu visita tendrá que durar hasta la diez de la mañana porque el desayuno lo sirven los cocineros a esa hora. Este lugar tiene una peculiaridad: vivimos en completo silencio. Poco falta para que mi campanilla se eche un clavado en mi tráquea. De ahora a que te retires, no uses la voz. De todos modos, puedo leer que eres un joven que no la usa.

RENATO. – Quédate tranquilo. No la usaré. Además, soy cantante. Por supuesto que la uso.

EL CURA. – Estoy tranquilo, gracias, hermano. (Sirve dos vasos de agua caliente) Yo soy el encargado de la casa, solamente hablo cuando se acerca un nuevo inquilino. Enviado por el Monseñor. Eres privilegiado de llegar sin haber tenido la encomienda. Habitamos este paraíso tu servidor, dos monjes, Enrico -un adolescente de dieciséis años- con su mamá Yolanda, Gerónimo y Jerónimo -los cocineros gemelos-, la señora Strauss y el hermano Yemen.

RENATO. – Suena internacional el monasterio.

EL CURA. – Pues, ni es internacional ni es monasterio. Dormimos en cabañitas. En un momento te muestro la tuya. Está detrás de los matorrales. Verás que es un espacio amplísimo y natural.

RENATO. – ¿Enrico? ¿Strauss? ¿Yemen? Me suena internacional.

EL CURA. – Está bien. No es internacional. Te conduzco a tu cabaña. Gracias por permitirme servirte y atenderte. Te mostraré lo que sea visible del lugar e iré a tender tu catre ¿Quieres más agua?

ESCENA III

Renato y El Cura llegan a la cabaña. El cura esculca la mochila de Renato, agarra los cigarrillos y un libro de Schopenhauer. Los guarda en una bolsa de plástico. Renato desconcertado enciende la chimenea. El cura saca de su casulla una varita de eneldo, un huevo y una pequeña cruz.

Los mismos

   EL CURA. – Nuestro lugar se caracteriza por tener vibras positivas. Los que duermen en estos techos necesitan ser purgados. No hay vicios ni lecturas prohibidas, todo aquí es limpieza y tu mente huele a mi escusado. De hecho, tengo que cortarte la coleta y dejarte casquete corto. (Termina de poner la indumentaria de la cama). Perdona que interrumpo tu libre elección, son designios del Monseñor. Cuando te vayas regresas a tu encantadora vida. Seguirás tomando fotos para presumir que estuviste en El Camino. No te atrevas a tomar una aquí. Lo bonito es que ya tienes una bendición: no pagarás ni un morlaco. Saca las tijeras y el rastrillo del cajón, por favor.

RENATO. – (Mientras el tijeretazo) ¡Qué bendición, voy a parecer padrecito! Creo que con mi oportuna visita a este santuario estoy listo para que me abran las puertas de los cielos ¿Has leído Las Confesiones de San Agustín? Ahora soy como él ¡Bendito sea Miguel Arcángel por este milagrito! Tanto le he suplicado. Oiga, padrecito ¿en cuánto tiempo podré dormir? Me quedan cuatro días por recorrer para llegar a Compostela y ya veo sombras por la falta de sueño.

EL CURA. – Ni es internacional ni es monasterio ni soy padrecito. Es usted un hombre sarcástico. Tendré que convocar a mis hermanos para hacer oración por usted. La señora Strauss vendrá a despertarlo cuando cante el gallo. Antes de dormir, dé gracias. Dormirá cuatro horas en un catre cómodo y caliente. Si usted sufre una tentación cuando yo me vaya, recuerda que no hay cortinas en la cabaña, para eso la construimos con largas ventanas; cualquiera podría contemplar tu acto pecaminoso. Le recomiendo salir corriendo entre los árboles si eso sucede, antes de que caigas, sacudirá los pensamientos. No querrás hervir en las llamas eternas ¿verdad?

RENATO. – No se preocupe. Estoy agotado. Agradezco todas sus atenciones, hermano cura. Por cierto, no me ha dicho su nombre. Quisiera lanzar una plegaria por usted de igual manera. Veo que aquí no existe intimidad y todos hacen oración por el prójimo ¡Que empatía! Lástima que nada más los conviviré hasta las diez de la mañana.

EL CURA. – Quedas instruido para una digna visita, no puedo hablar más, reinicia mi voto de silencio. Te recito un poema para reflexionar que beneficia tu salud mental: Lejana y sombría ciudad; no, no, no, no. Lejana y sombría comunidad. NO, NO, NO, NO. Mi lejano sombrero cuidad… ¿Cómo iba? Bueno, no recuerdo, estoy cansado. Sólo te comento que este lugar es para elegidos de Dios, que es misericordioso… (Se queda pasmado uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis segundos. Se mantuvo en silencio… Giró su cuerpo, salió de la cabaña… no dijo más).

Renato no conciliaba el sueño. Había sufrido una confusión mental parecida a cuando te comes un platillo y a ciencia cierta no sabes si verdaderamente lo comiste. No se atrevió a reclamar porque sus ojos forzaban cerrarse. Tras una hora de intentos, logró dormir. Entre sueños comenzó a escuchar cánticos africanos. Se percató de que ocurrían en la realidad y muy cerca de él. Habló para sí mismo: me dijeron que era un espacio de absoluto silencio ¿Alguien habrá roto las reglas? Yo no sé si el silencio incluye ciertos ruidos. Voy a ir a decirles lo que el cura me pidió.

(Renato se levanta de la cama, se pone los zapatos y sale de la cabaña)

ESCENA IV

Renato ve a lo lejos a varias personas tomadas de la mano rodeando una hoguera y dando vueltas. A un costado, dos encapuchados pegándole a los tambores y tocando los panderos. Renato camina hacia ellos.

Todos

   TODOS. – (Cantando) ¡Baba Yetu, Yetu uliye! ¡Mbinguni yetu, yetu, amina! ¡Baba yetu, yetu, uliye! ¡Ku-Jina lako elikuzwe! ¡Utupe leo chakula chetu… Makosa yetu, hey!

RENATO. – (Grita con tono agresivo) ¡Qué está pasando! ¡Qué es esto! ¿Dónde está el cura? ¡Este es un santuario que promueve el silencio! ¡Deben respetar las normas!

TODOS. – (Cantando) ¡Baba Yetu, Yetu uliye! ¡Mbinguni yetu, yetu, amina!

(Se acercan a Renato los monjes, cada uno lo agarra de un brazo y le cantan en voz baja la misma canción al oído: Baba Yetu, Yetu uliye… mbinguni yetu, yetu, amina)

   RENATO. – (Gritando) ¡Qué les pasa, hermanos! ¿Ustedes son los monjes? ¡Tú, ven para acá! (Señalando al cura) ¡Dame una explicación! ¿Estos encapuchados son los monjes o unos bandidos desafiando la tradición del Monseñor? Ábreme la puerta, no quiero estar más aquí.

EL CURA. – Hermano, no comprendo tu paranoia, no reproches. De todas maneras, después de las dos de la madrugada la reja no se abre. Tendrás que esperar hasta después del desayuno, además, te estarán rugiendo las tripas en poco tiempo. Pareces iguana ¡estás verde! Deberías dejar el café, hermano. Acuérdate que eres elegido y que… (Se silenció… giró el cuerpo…y se encaminó a la casa principal).

(Al momento todos guardaron silencio por unos segundos. Los monjes avientan los tambores al pasto)

   SEÑORA STRAUSS. – (En voz baja a Renato) Un alma salvaje que viene de la guerra… (Se silenció… giró el cuerpo… besó la boca del hijo de Yolanda…y se encaminó a su cabaña)

   ENRICO. – (Con un seudo grito) ¡Descansa, Señora Strauss! Hoy dormiré en las literas de los monjes. Mamá ¿podrías llevarme a la cama el té de cuachalalate que tanto me gusta? (Se acerca a Renato y le habla en voz baja) Bienvenido, he escuchado el crepitar de la fogata desde mi sueño… (Se silenció… giró… y caminó a la casa principal).

(Renato no hablaba; se muestra anonadado)

   YOLANDA. – Descansa, Renato. Así se llamaba… (Giró… se fue a su cabaña)

(Los monjes cantaban bajito con los panderos: ¡Baba yetu, yetu uliye!)

   GERÓNIMO Y JERÓNIMO. – (Al mismo tiempo) ¡Buena noche, renacuajo! (Se van; riendo)

EL HERMANO YEMEN. – Baba… Yetu. Yetu. Uliye. Es la significao que se la da… (Da media vuelta… se dirige a su cabaña).

   MONJE UNO. – ¡Namasté! (Hace una reverencia frente a Renato y se va)

(El Monje Dos voltea a ver a Renato durante diez segundos, con mirada penetrante. Se va)

   RENATO. – (Grita) ¡QUÉ COÑOS ES ESTO! ¿DE DÓNDE SALIERON ESTOS ANIMALES? (Ve cruzar un cerdito; se asusta y regresa corriendo a su cabaña).

 

SEGUNDO ACTO

ESCENA I

En la cabaña de Renato

La Señora Strauss, Renato y Enrico

   SEÑORA STRAUSS. – Buenos días, mi cazador (Besa la boca de Renato). Levántate, mi cazador. Sé que no te quedarás a vivir con nosotros, pero todo el que llega a dormir -aunque se vaya-, necesita hacer un rito de iniciación. De no hacerlo, tendrás siempre al pajarito de la culpa, diciéndote que algo falta. Mi esposo, escapó de nuestro santo espacio; hoy vive corroído por la angustia y dicen las buenas lenguas que es paciente en un psiquiátrico de trastornos irreversibles. Pobre de él, desde chico ha tenido amigos imaginarios, confundía la sopa de verduras con una pecera. Solía llevarme a caminar los domingos a orillas del lago y aseguraba que el reflejo de los abetos eran balsas de madera. Su santísima madre creía en los espíritus -como yo- y el médico decía que de ahí venía el trauma de mi chiquitín. De hecho, tengo que platicarte, al terminar la cita en la hoguera conocí a un espíritu en mi cuarto, me leyó a Proust para que conciliara el sueño. Era tan guapo…

RENATO. – Señora, mi cerebro está listo y despierto para que siga platicándome, en especial, sobre espíritus agraciados. Es el momento más oportuno para conversar. Gracias por la confianza de darme un beso con tu aliento mañanero, mi besucona.

SEÑORA STRAUSS. – Es usted un hombre sarcástico. Convocaré a mis hermanos para pedir por usted. No más besos para ti. Por ahorita, mi cazador.

RENATO. – ¡NO! No lances la convocatoria ¡Por favor!

SEÑORA STRAUSS. – No te entiendo. Bueno, mientras te explico lo que tendrás que hacer en el ritual de iniciación, tiende tu cama y no te pongas tus prendas -es parte de-. La primera actividad es salir caminando desnudo por los jardines. Caminaremos entrelazados del brazo hacia el campanario. Al llegar, algún monje quitará el candado para que podamos entrar. Tú deberás pedirle que nos abra. Te daré la bendición, un beso y subirás a solas las escalaras. Al topar con las campanas, las jalarás con mucha fuerza -en ese momento todos nos presentaremos al jardín-. Frente a todos nosotros -que estaremos mirándote desde abajo-, gritarás, gritarás tus peores miedos y después nos narrarás el peor crimen que hayas cometido (Renato -desnudo- termina de tender el catre)

   RENATO. – Hoy nació mi peor miedo. Cumpliré, a sabiendas que ustedes se burlarán de mí, no me interesa el qué dirán Y ¡escúchame, besitos! ¡NUNCA he cometido un crimen! ¿Por qué tengo que hacer esa marranada? ¿No deseaban el silencio? ¿Qué pasa si rompo la reja y le pongo un sopapo al cura?

SEÑORA STRAUSS. – ¡Shhh! Escucho los pasos de Enrico. Vístete o se pondrá celoso. Cuando subas al campanario te vuelves a quitar todo para lanzar tu grito de paz.

(Enrico entra azotando la puerta; Renato pensativo)

   ENRICO. – (Gritando) ¡Renato! ¡Me encantó dormir sobre tus pies! ¿Puedo regresar esta noche?

RENATO. – ¿Cómo? ¿En qué momento?

ENRICO. – Fue bajo tu consentimiento. Tú aceptaste ¿No lo recuerdas? Tenía mucho miedo. Los monjes comenzaron a hablar en arameo mientras dormían. Lo poco que entendí era que querían matar a mi madre y que Yemen se la comería asada.

(Renato pensativo)

   SEÑORA STRAUSS. – Enrico, yo soy tu madre ¿Será que me harán tasajo? ¿Por qué nunca sospeché de ellos? El otro día los vi muy platicadores con los cocineros; seguro estaban planeando mi asesinato. Algo me decía que hablaban de mí ¡sí es cierto! Hasta leí perfectamente sus labios diciendo: TA-SA-JO ¿Será que ya pusieron las trampas? (Renato se muerde las uñas) ¡EY! ¡Entró el cuentacuentos! ¡Corran!

(Renato sale corriendo con pavor tropezándose a medias; detrás de él corren Enrico y la SRA. Strauss)

ESCENA II

Empieza a salir el sol. Yemen del lado izquierdo de un jardín tirando flechas a un árbol. La señora, Enrico y Renato, quietos -respirando agitadamente-, observando a Yemen; tienen el campanario de frente. Yemen se acomoda el arco y se acerca a los tres.

Renato, la Señora Strauss, Enrico, Yemen

   YEMEN. – Renatíco ¿Viste cómo le atravesé el corazón a ese pajarraco gruñón?

RENATO. – Sí ¡Qué buen pájaro! Hasta tenía la figura de un árbol. Tan furiosa y robusta ave.

YEMEN. – Así es, mi hermanÍco. Ahora, sube al campanario. Antes de salir al arco donde gritarás, despréndete de tus trapÍcos. Es parte del hermoso rito ¿Tú crees que estos músculos salieron solos? Ah, no, no, no, fue por mi obediencia hacia los mentores del santuario, mi hermanÍco.

RENATO. – Ah ¿entonces me quito la “ropíca” hasta ese momento? Admirable obediencia, “mi hermaníco”; seguiré al pie de la letra su sabiduría y me verán desnudo, física y espiritualmente.

(Renato se encamina al campanario)

   SEÑORA STRAUSS. – (A Yemen) ¿No se te hace qué el nuevo inquilino sufre de algún trastorno mental? Lo percibo como fuera de la realidad; me asustan sus reacciones déspotas. No se da cuenta del bien que le hacemos alojándolo y regalándole el ritual ¿Será que a su mamá se le cayó de los brazos? O ¿Se hace el indiferente porque sabe que ya se irá?

YEMEN – No lo sé. Pero mira al Enrico, a su mamacita le pasó eso y él está perfecto.

ENRICO – Lo mismo digo yo… Sí… lo mismo digo yo.

ESCENA III

En la cocina

Gerónimo y Jerónimo

   GERÓNIMO. – (Mientras se rascaba las mejillas con furia) Jero, pásame el azahar, un peyote, pimienta, dos gajos de naranja y un diente de ajo. Por favor.

JERÓNIMO. – (Mientras buscaba algo en un frasco vacío) Claro, Gero. Lo único que no tenemos es el ajo.

GERÓNIMO. – Bueno, entonces, pásame otro peyote.

JERÓNIMO. – Y ¿las hierbas? (Mientras abría y cerraba los ojos rápidamente).

GERÓNIMO. – También, le ponemos una varita para sazonar.

(Jerónimo le da los condimentos; sigue buscando en el frasco vacío. Gerónimo hace la mezcla; con la derecha revuelve y con la izquierda se rasca la sien sin parar)

   JERÓNIMO. – Cuando termines de hacer el menjurje, ponlo de este lado. Voy a marinar el jamón de los huevos. Nuestro invitado degustará unos alimentos celestiales, enviados por nuestro dios y por la Madre Naturaleza (Abría y cerraba los ojos… Se persigna).

GERÓNIMO. – ¿Vas a marinar el jamón de los huevos? O ¿Vas a marinar los huevos del jamón? O ¿Vas a marinar al jamón de los huevos? O ¿Vas a poner los huevos en el jamón? (Carcajada)

   JERÓNIMO. – (Riendo) Tú revuélvelo, Chistín; en lo que vuelvo. Iré a ver si cerré las llaves de la regadera, escucho el goteo. Estoy nervioso… (Sale de la cocina).

GERÓNIMO. – ¿Cómo? Es doña Yolanda bañándose… ¡Jero!…

Eran las nueve de la mañana cuando Renato se presentó en el arco del campanario frente a todos sin decir palabra, desnudo. Lo único que se repita era: sólo cumpliré con el ritual, me alimento, y me largo. Estaba a punto de colapsarse; nunca hablaba en público. Sentía que no podía respirar. Se veía pálido y muerto de frío, una parte de su cuerpo lo delataba. La situación le recordaba el ataque de pánico en casa de sus suegros. Se empoderó y motivó imaginando el almuerzo que en Compostela le esperaba, un chorizo español con una limonada fresca.

ESCENA IV

(En el jardín del campanario. Todos ovacionando: ¡RENATO! ¡RENATO! Los espectadores estaban eufóricos formando un círculo perfecto y volteando hacia arriba. Todos sonreían. Esperaban que Renato por fin dijera algo)

Todos menos los cocineros

   RENATO. – (Extendiendo los brazos) ¡Hermanos! Yo soy Renato y soy hijo Porfirio. Mi gratitud hablará ejecutando el rito de iniciación (Aplausos y alarde). Permítanme (Calmándolos con las manos) … Me han dado una calurosa bienvenida, siento que hubiera muerto de inanición e insomnio de no haberlos encontrado. Estaré eternamente agradecido. Lástima que tengo un cometido que cumplir hoy por la tarde en otro lugar, ubicado a unos veinticuatro punto ciento cincuenta kilómetros de aquí. Pongan atención, les recitaré un poema que vive en mi memoria y les hablaré de los más hondos temores de mi vida. Se titula MIEDOSO:

A la muerte, al dolor,

tormentas y accidentes,

al rechazo, al abandono,

soledad y sentires,

a la injuria, a los gritos,

locura y violencia.

Al infierno, al pasado,

fracasos y éxito,

al sermón, a la gente,

autoridades y brujas,

al ruido, a la tarima,

poder y dinero.

Al llanto, a reírme,

amigos y familia,

a despertar, a dormir,

compromiso y amor,

a los vientos, al cariño,

vulnerabilidad y venganza.

Como ves, querida novia,

poco sé sobre la vida,

mucho futuro, poco disfrute,

nadie me enseñó a vivir,

todos me inyectaron temor,

y me pides que confíe en ti.

(Todos en silencio como esperando que Renato continuara y Renato como esperando un aplauso)

RENATO. – Me da miedo la muerte, no la agonía en sí, sino imaginar que no hay nada más allá. Me dan miedo las guerras, no el tiroteo sino tener que esconderme. Me dan miedo las mujeres, no por su persona, sino porque no quiero lastimarlas. Me dan miedo los mares y nunca me he metido. Me da miedo hablar frente a ustedes, no por ustedes, sino porque me trabo al hablar. Me da miedo ser yo mismo y no sé quién soy. Y hoy, les confieso, que a pesar de vivir con pánico: NUNCA he cometido un crí…(Recibe un flechazo de Yemen en el hombro y se desmaya).

YEMEN. – Muchachíco mentiroso (Rostro indignado)

 

TERCER ACTO

ESCENA I

(En el comedor -un espacio amplio de tres mesas largos de madera, dispuestas formando un triángulo-; arcos abiertos alrededor del espacio, paredes color arena, una pintura de un rostro desconocido y una fuente en el centro dividiendo las mesas. Renato recostado en un diván con la cabeza sobre las piernas de Yolanda y ella con un plato en las manos. En una mesa -a seis metros del diván- todos conversan en voz baja, sentados uno frente al otro) 

TODOS

YOLANDA. – (Llorando) ¡Renato, Renato! (Renato abre los ojos) Desfalleciste por loco. Te dolió tanto que te tumbó. Es lo que le ocurrió a nuestro profeta. Creo que eres el nuevo, el futuro Monseñor. Mi esposo murió buscando un elevado estado de conciencia. Sólo me queda Enrico (Sollozando), Miguel y Cervantino murieron cuando los di a luz. Y, yo, padezco de una enfermedad llamada Rabialérica -no tiene cura- (Llanto gritón). Quiero que tú y yo nos casemos. Llegaste para quedarte (Le da una cucharada de los huevos con jamón).

RENATO. – (Con los ojos semi abiertos y confundido) ¿De qué me hablas? Me recuerdas tanto a mi ma… ¡AH! Soñé con mi madre, me decía que era preferible mantener mi membrecía en el club de pesca que salir a la calle en busca de peces. Ojalá supiera interpretar sueños. Oiga, señora (Frotándose los ojos y abriendo la boca para la siguiente cucharada) ¿por qué quiere casarse con un hombre casado? Mi esposa me espera en Sevilla y… (Recibe un sopapo de Yolanda)

YOLANDA. – ¡Cállate! ¡Ruin! Prometiste amarme hasta el fin. Eres igual que tu padre, nunca me aceptó por quien soy. Recuerdo cuando el tipo me evidenció frente a tu familia diciéndome porcino. Sigue comiendo y escúchame (Otra cucharada, le limpia con su pañuelo el sudor de la frente), en este asilo quieren expulsarme. Dicen que me llevarán a un lugar mejor para mí.

RENATO. – ¿Asilo? ¿No es un… (Vuelve a desmayarse)   

Eran las cuatro de la tarde cuando Renato despertó. Se sentía abatido y con calentura. Abrió los ojos y tardó doce minutos para empezar a ver sombras. Lentamente, se percataba de su derredor; deducía que estaba acostado sobre el pasto y tenía la sospecha de que habían comenzado los cantos africanos. Al recuperar la óptima función de los ojos, se dio cuenta del hermoso paisaje. Estaba recostado en un jardín poblado de flora jamás vista. Levantó la espalda y vio a lo lejos a los de siempre dando vueltas alrededor de una escultura, era un ave roja con la cabeza apuntando al cielo.

ESCENA II

(Renato se levanta y se estira. Se dirige hacia el patiecillo donde todos estaban cantando alrededor de la escultura. Mientras camina, canta en voz baja: baba yetu, yetu uliye… Cuando llega todos guardan silencio y deshacen el círculo)

TODOS

RENATO. – (Con la mirada dirigida a la derecha de todos los oyentes) El Monseñor vino a darme un mensaje. El Monseñor es mi padre. El Monseñor vino a darme un mensaje con mi madre. Ahora comprendo todo lo que ustedes me han enseñado ¡No quiero irme de aquí! ¡Perdónenme por no honrar el espacio! ¡Ni me llamo Renato! Mi primer crimen fue haberme intentado suicidar tragándome el pastillero de mi madre. La verdad es que todas las noches veo figuras inexistentes en los techos, entre sueños me vislumbro muerto y en el limbo, sufro de neurosis crónica. Creo que aquí encontré donde pertenezco, rodeado de pura gente iluminada, como yo. Descubrí hace un par de años la solución para nunca cansarte y ya no lo estoy ni lo estaré andando de la mano del señor. Nunca más vuelvo ir a la Sierra en busca de peyote. Seguiré jugando a las damas chinas, aunque me hayan abandonado por eso. Espero ser bienvenido en este club de pesca y que tenga derecho de convocar a la hoguera. Ya saben que dentro del mazo ancestral… (Se silencia y los voltea a ver fijamente… mantuvo el silencio)

(Todos aplauden y ovacionan: ¡RENATO! ¡RENATO! ¡RENATO! Todos saltan alegres y uno a uno se aproximan a Renato para abrazarlo. Los que no lo abrazan se mantienen cantando Baba Yetu; Yolanda toma del brazo a Renato, se dan la vuelta y se dirigen hacia la casa principal. Adentro, lo guía a un cuarto que en su puerta dice: Monseñor Zaratustra Ibáñez. Yolanda toca la puerta con el puño y se escucha una voz: ¡ADELANTE!)

 ESCENA III

(En un consultorio. Escritorio de vidrio con papeles y plumas encima. Un reconocimiento de alguna escuela de medicina colgado en la pared. Renato sentado frente a un señor con bata blanca)

RENATO Y EL DOCTOR KOHN

RENATO. – A su disposición, Monseñor.

DOCTOR KOHN. – (Frunciendo el ceño) Hablé con su esposa. Me comentó que fue a la Sierra en busca de conciencia y algo de un peyote.

RENATO. – Monseñor, mi esposa no sabe que emprendí el Camino de Santiago. Y menos ahora que soy parte del santuario. Ahora, ni es una sierra ni soy yo el cocinero. Los gemelos son los que saben la receta.

DOCTOR KOHN. – Aunque no me entienda, tengo que decírselo: su daño es irreversible. Su esposa ha liquidado el pago de estancia perpetua en la Institución. Oraré por su alma.

RENATO. – (Suelta una carcajada) ¡NO! ¡No más convocatorias! ¡AH verdad… no se la crea, pillín… ya soy parte de las convocatorias! Representaré honradamente esta Institución, como usted le dice (Vuelve a reír).

(Se cierra telón)

FIN

FB: Paco Talcos         INSTAGRAM: @pacotalcos

Fotografía por: http://rosendoquintos.com/                    FB: Rosendo Quintos Fotografía

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s