“Diálogo entre Paco Talcós y el papá de Catalina”

“Ubicación: Polanco. En la oficina del papá. Paco en una silla rotante de piel negra y el papá en un sillón de iguales características. Paco fumando tabaco, vestido con camisa y jeans; el papá, trajeado, con un vaso de agua en la mano.”

PACO. – Cristóbal, era importante que me recibieras; son diez minutos los que te quito. Te platico, Catalina está en plena mudanza, se viene a mi cuasi cabaña (Cristóbal cambia el rostro de seguridad y comienza a sulfurarse). Se ubica a cincuenta minutos de tu casa. No me interrumpas una vez más ni reacciones como acostumbras. Aguanta sólo diez minutos, como te dije. No respetaré más tu casa, no es posible que yo regrese. Y, en cuanto a ti, no toleraré el mínimo desdén. Son tres años en los que volteas a ver mi mano antes de estrecharla. Varias veces la dejaste volando, nunca me has mirado a los ojos ¡Que déspota!

CRISTÓBAL. – Creo que no has entendido la diferencia entre tú y yo. Mi hija no estará contigo ni un día más. ¿Has escuchado sobre el europass? Pacorrito, checa los papeles de esa mesa. Todo está tramitado, Catalina se va a Europa. Sigue disfrutando de la humedad de tu cabaña, claro, en soledad. Despídete siendo el yerno que mandé a dormir al cuarto de las sirvientas. Joven talcos, apaga tu cigarro, por favor, o seguridad te rompe las piernas.

PACO. – ¡TalcÓs! Con acento, padrino. Siempre duermo en paz, en donde sea. Pienso que no son sirvientas, son seres humanos. Ahora, la decisión queda en Cata -a la que también tratas como sirvienta-, no voy a interferir. Aprovechando tu arrogancia, voy a recitar lo que me he tragado, el desprecio que por ti siento. Tienes una concepción de la vida muy limitada, amigo. No todos estamos hechos para la universidad ni todos amamos la materia. Yo no sé si en tu afán de procrear, imaginaste por un segundo que si concebían una mujer, algún día tendría un hombre al cual preferiría por encima de ti. Tampoco comprendo tus discursos puritanos, tus enseñanzas sobre el amor sin práctica. Has visto como Catalina camina plena cuando está conmigo, el dignísimo trato que le doy; yo, he visto como le gritas a tu esposa, como carece de tu atención y tu exigencia de que la comida esté preparada en cuanto apareces. Al instante, cuando truenas el dedo, desde tu cerrazón.

CRISTÓBAL. – ¿Tú crees qué un escritorzuelo va a influir en lo que pienso? No tiene voz el que no lo ha demostrado en actos. Es decir, no tienes voz, nunca has tenido un trabajo fijo, no has hecho una empresa con la que puedas mantener a mi hija y estudiaste hasta la preparatoria ¿Qué pude esperar de un vaquetón de tu calibre? Mi amor hacia Catalina no se compara con la vida miserable que tendría contigo. El cuidado que le he dado refleja mi entrega para que no sufra. Siempre voy a protegerla de tipejos como tú, de inútiles. Gracias por tus tremendas consideraciones. No sé por qué te estoy dando explicaciones. Te quedan cinco minutos.

PACO. – Quizás, te moví algo ¡Ay, Cristóbal! ¡Cada día me da más tristeza tu esclavitud espiritual! No fue difícil adivinar que me dirías esto, con tu catálogo de preconceptos no se puede esperar algo distinto ni abierto; es decir, algo de libertad. Entonces, te escribí una carta:

Cristóbal,

Seré breve. Conozco tu impaciencia. Permíteme decirte algo: en esta realidad, en la vida, tenemos un abanico de posibilidades; existe una paleta de colores inacabable. Por fortuna mía, conozco el gris, es más dinámico que los dos que tú conoces. Yo no sé si para tu hija esperabas un caballero andante: millonario, religioso, guapo, con maestría y empresa, de reconocido linaje, sin defectos. Tal vez, deseabas un hombre que no existe. Eso, está de sobra hablarlo. Mi pesar central es tu ignorancia acerca del amor, y del amor a tu hija. Te lo explico “for dummies”. El amor es libertad, si te jactas de ser un excelso padre, habría que comprender que tu hija es un ser independiente, que tiene el poder de elegir con quién relacionarse. No existe el control dentro del gozo de vivir, esto es, no intentes oprimir a la que busca ser ella misma ¿No crees que el peor daño que puedes hacerle a Catalina es que sea tal y como tú añoras? Ella es un ser humano con decisiones personalísimas, hasta ahora has podido comprar su intelecto, hasta ahora es económicamente dependiente. Aunque seas su padre y proveedor, no tienes el derecho de limitar lo que ella quiere de corazón. Con tus pudientes ideas tiránicas la manipulas y controlas, siempre con plata. En verdad -aunque es estúpido reafirmarlo-, eso no es amor. Deja de configurar su pensamiento. Bastante tiene con el esquema que le heredaste, que le impusiste. Aceptarla, sería aceptar lo que a Cata le brinda alegría ¡NO ES TU ESCLAVA! (Paco grita, mientras Cristóbal permanece usando su celular)

Referente a tus celos, son muestra idónea de tu machismo y sexismo, de tu falta de amor. Primero, porque tildas a la mujer por incapaz, después, porque señalas al hombre como patán. Ahora, seré despiadado contigo, quiero honrarme, y te restriego lo que se aproxima más a la relación que tienes con tu hija. Por reprimirla sexualmente, se enfermó emocionalmente, tiene mermado un instinto necesario para el bien vivir, y para la sanidad del espíritu. Decirle con quién estar, es lo mismo que decirle: inapta intelectual, tu opinión no vale, no tienes mi apoyo, me importa poco lo que quieres. A sus veinticinco años le sigues restringiendo salidas, como no dejándola volar, como interfiriendo en la única vida que tiene ¿Qué no sufra? Eres un imbécil, lo único que tiene es su tiempo, no es tuyo. Cuidarla sería respetar su libertad, la libertad que tiene de equivocarse. Tú eres el que debería dejar de verla como objeto, tu hija es poca cosa para ti. Lo único que deseas es que sea a tu imagen y semejanza. Como si tuvieras la verdad absoluta ¡Te pido que la dejes vivir, conmigo o sin mí! Suéltala, no te pertenece. El chiste se cuenta por sí solo: en lugar de impulsar a tu hija a crecer, la amarras y le hablas del amor, de la castidad ¡Felicidades Cristóbal! ¡Tú sí que descubres y apoyas la concientización!

Atte. Paco Talcós

CRISTÓBAL. – Pacorrito, no escuché ¿Puedes leerla de nuevo?

PACO. – Sí, dice que tu hija no es una pendeja ¡Déjala vivir!

(Paco sale de la oficina. Se dirige a la cabaña. Catalina, no hizo la mudanza…)

Por Gustavo Llorente

Foto: Amaya Martínez

Facebook e Instagram: Amaya Martínez Photography   @amayamartinezphotography

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