Así conoció a Pris. A risas y con un exhaustivo grito de alegría. Dos años después del cuento que narraré, vuelvo a soltar la carcajada por ese recuerdo. La escena marcha así: un grupo importante de conversos se sentaron sobre el prado contemplando el atardecer. Leonardo, un simpático italiano, reflexionaba sobre el tiempo perdido por su inseguridad; frente a él, una hermana fervientemente devota, se llamaba Clarisa. Una mujercita de ciento cincuenta centímetros de estatura, me imagino que jamás he presenciado una introspección con tanta potencia como la de ella ¡Que recogimiento y que conexión con sus adentros! Era mexicana e incapaz de lastimar a alguien, muchos aseguraban que rutinariamente sentía el ardor de Dios en sus extremidades. Era silenciosa, alegre, inocente y noble, no le gustaba el ruido. Su manera de divertirse era haciendo un baile acostada boca abajo simulando un pescadito. Sólo eso y oración. Frente a Clarisa, un sinvergüenza, Chavita. Si medimos distancias, Leonardo estaba a dos metros detrás de la hermana pescadito y Chavita delante de ella a menos de medio metro. En una esquina lejana, Priscila. Todo en profundo silencio. Hasta se escuchaba el viento, se respiraba absoluta tranquilidad y concentración. Cincuenta personas ensimismadas, buscando un contacto consciente con el Creador.

Chavita vio que Leo fumaba meditativamente, así que se paró, fue a pedirle encendedor y regresó al sitio donde se había sentado a dizque reflexionar. Encendió un cigarrillo, jaló y exhaló un par de veces el humo y decidió regresar el encendedor vía aérea. No había algo más simple que hacerle llegar el objeto a Leonardo de forma exitosa. No necesitaba más que .01 newtons de fuerza en un ángulo de entre sesenta y setenta grados. Como aliado tenía el cielo abierto para lanzarlo alto. Por lo menos, podría caer muy cerca del radio de Leonardo. Es decir, no había problema alguno con que regresara el préstamo por los aires. Pero, no. Por una secretísima razón, Chavita perdió por un segundo toda noción de espacio y movimiento, mostrando desconocimiento por las más básicas leyes de la física. A la par, Clarisa estaba a segundos de ejecutar un viaje astral, en verdad y siendo serio, estaba por visualizar la vida del nazareno en tiempo presente; metida en sus fueros, con los ojos cerrados e impecable paz, casi acariciaba el cielo. Hasta que aconteció el peor susto de su vida, como si el diablo la inquietara, o, como su peor golpe de suerte. Chavita, a pesar de la facilidad del movimiento, teniendo a cuarenta y nueve centímetros a la hermana pescadito y a Leonardo a dos metros y medio, pudiendo haberse parado como antes, estando Clarisa en posición Zen -o bien, siendo un obstáculo insignificante-, le reventó el encendedor en el entrecejo a una fuerza de dos newtons en ángulo recto. Directo a la frente, sin piedad ni mala intención, pero -para cualquiera- descarado. Eso poco importa, el daño estaba hecho, el golpe en el cráneo se escuchó como cuando una papaya explota tras alguna caída libre de un rascacielos. Similar a un huevo estrellado en la pared. De aquí que se acuña el término encendedorzazo. Gracias a Chavita se abrió la puerta del primer encuentro con Priscila.

Clarisa gritó dulcemente: ¡Aaaahhh! ¡Auuu! ¿Queee, qué pasó? ¿Quién fue? Con ojos de asombro, asustadísima, boquiabierta, y frotándose la frente en señal de que se está acompañando en su dolor. Se daba caricias lentas y pausadas como las de una niña, hasta una lagrimita resbaló del ojo derecho. Chavita, enrojecido y por fin con vergüenza, se volteó, dejando a la imaginación de Clarisa quién era el agresor. Ni siquiera rio, se contuvo con carácter. A diferencia de Leonardo, que reventó la risa más larga de sus días, por la calidad de escena que acababa de vivenciar, por lo inverosímil del acontecimiento. Inmediatamente se paró, no iba a dejar que el pescadito sospechara de él sólo por su risa. La carcajada era incesable, entre estirando y aflojando, contenía y soltaba. Hacía ruidos de cochino, soplidos por la nariz rechinando en las fosas que sus dedos apretaban. Varias veces le falló el intento de comportarse, perturbando el silencio y meditación de los demás feligreses -eso sí que estaba prohibido-. Seguía riéndose del mejor chiste hecho realidad.

Corrió hacia la esquina, donde Pris se encontraba, se refugió en su hombro para esconderse y aguantar la risa, no ayudó en nada, pues ella y Ruperto que estaba a su derecha, fueron contagiados por al ataque más nervioso y hermoso que alguien puede experimentar. Ahora eran tres cochinitos soplando por la nariz, interpretando una sinfonía de carcajadas, todos en el hombro del otro. Mejillas agotadas y mandíbulas trabadas; fuerte contracción abdominal, rostro de tomate con las venas a medio reventar y la desaparición del tiempo para tomarse un respiro. El pescadito, permaneció sobándose, decepcionada. Así, Leonardo conoció a Priscilla. En un retiro en Amalfi.

Pasó un año y tantos meses para que volvieran a encontrarse. Por ahí hubo un descuido del destino y se toparon en la pizzería Don Manolo Di Pietra, ella le hizo cara de indiferencia, Dios sabe por qué. El reencuentro formal se dio en un lugar lúgubre y ensordecedor, Pris iba del brazo de Ruperto -tipo ameno, y ahora, entrañable amigo de nuestro protagonista-. Leonardo bailaba muy contento por estar al lado de la pareja en potencia, era una etapa en la que él quería conocer a la musa de su inspiración. La realidad era que en el fondo no quería relacionarse, ni había intención por entregarse a alguna mujer. Así que felizmente zapateaba a solas. Desde tiempo atrás ninguna le llenaba el ojo, ninguna lo impulsaba a destapar la creatividad para esforzarse en darle un trato impecable a una noviecilla. Mejor no se podía. La otra verdad es, que más en el fondo, se le movió algo imperceptible esa noche. Reflexionó tiempo después. Volver a ver a Priscilla lo remontó al momento de la carcajada, reafirmó que era una de esas pocas mujeres a las que les brilla la mirada y, que imaginariamente o no, sintió un tipo de tensión. Como suele ocurrir cuando quieres desviar un sentimiento genuino. O, evadir cualquier posibilidad, acortando la visión del disfrute.

Duró poco eso de Ruperto y Priscilla. De hecho, yo tardo más en dormir que el intento que tuvieron, interrumpido por la simple cuestión de compatibilidad. Leonardo tampoco duerme mucho y en una de esas veladas, vio una fotografía de Pris. Fue ahí que usó la razón. Realizó su teorema sobre lo que busca en una mujer y delineó las características. Por fin se abrió y emocionó. Asombrosamente, todo era cubierto por la lejana mujer del retiro en Amalfi. Le marcó a Ruperto a las tres de la madrugada, contestó con voz ronca y adormilada, terminó de escuchar las palabras de su amigo y le dijo: ¡Vas! ¡Quedan increíble!

Leonardo se acordó de sus pensamientos en el prado, ahora estaba cierto de algo: no iba a perder más tiempo, no por su inseguridad. Redactó un mensaje simple: Pris, quiero conocerte. A lo que ella contestó tan quitada de la pena: Ya nos conocemos, amigo. Leo sabía que quizá Priscilla estaba en las mismas que él, no querer relacionarse; no con entrega de por medio o con enamoramiento implicado. Insistió con toda la vergüenza: vamos a cenar frente a un lago. Recibió otra cachetada de palabras: sí, pero como amigos. Esto provocó otra desvelada, esta vez fructífera y productiva. Le escribió una carta expresando su profundo interés por ella, él tenía que atreverse y ella que abandonar el recelo. Indiferente al resultado, seguro a pesar de la reacción que tendría, le escribió:

Pris,

Acepto la cena como amigos ¡Me parece aburrido que te cierres sin haber pedido la cuenta! Déjame decirte algo: conozco tus sentimientos, más de lo que crees. Conozco un par de historias tuyas y domino tu mirada con sólo tres leídas. Esto me basta para repetir que quiero conocerte, conocerte de verdad, a fondo. Sé que estás asustada y sonriendo. Es más, si recuerdas la historia de Clarisa, te estarás botando de la risa. Puedes decirme loco, invasor, o regirte por prejuicios; pero no me voy sin haber firmado con tinta honesta el porqué de mi búsqueda. Tienes la cualidad de ser tranquila y alegre, con trabajo interno plausible, de vibra impactante y de alma artística. No sé a qué te dedicas ni si a tus amistades les parezco conveniente. Mi certeza habla en otro rubro: eres una mujer que destapará mi creatividad para tratarte impecablemente. Siendo más honesto, la que me llena el ojo, en todos los sentidos, ja ja. Con la que valientemente me entregaré, siendo auténtico, como el atrevimiento de esta carta. No habría esfuerzo en convivirte, sólo quiero compartir. Sin celo, sin control. Sin exigir, sin imponer. Algo así como sentir amor. Muy probablemente de excepcional calidad, si te permites no evadir ni acortar la visión del disfrute. Como siempre, es un riesgo. Hay que entregarse, entregarse al estoicismo de no lastimarse. Abrir la mente, ceder ante el tiempo. Con la promesa de respetar esa mirada que me impactó. Quiero volver a contener la risa del calibre de aquél día. El ataque más nervioso y hermoso que alguien puede experimentar.

Hasta la cena,

Leonardo.

 

Se imaginarán el resultado de esta carta, a ella no le importó, dejó a Leo rogando y esforzándose por conquistarla. No hubo cena, se asustó, sintió pavor por las descaradas palabras sin haberse conocido; y él en melancolía quedó… ¡PUES NO! Priscilla iba más allá de eso, sentía el mismo deseo y miedo que Leonardo de entregarse. Esto creó el reflejo, le hizo sentir la fuerza con la que se mostró vulnerable, motivo suficiente para abrirse y jugársela igual que como Leo se la jugaría. La mirada, la risa, la creatividad, la nobleza de espíritu y el respeto, querían lo mismo. Cenaron, no había amistad o noviazgo, sólo dos extraños disfrutando. Lo que les esperaba por abandonar la inseguridad y el recelo, no es asunto de esta narración. Así es como Leonardo reconoció a Priscilla Partturi.

Reflexión del cuentito: atreverse a vivir.

Por Paco Talcós

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