El escenario estaba montado mucho antes de mí. Las montañas honrando y respetando a los ríos, las cuatro estaciones con el tiempo estipulado, la unión del hombre con la mujer, las necesidades naturales básicas. Como valor agregado, la cultura en la que me crie, las tradiciones que practiqué. Por más que utilice la creatividad, estaré regido por ciertos cánones, por los paradigmas en mi inconsciente; me he revelado y lo único que aparece es la comprobación de que existe lo que yo he negado. Religiones, formas y modales, virtudes y defectos, muerte y quién sabe qué. Todo hecho. Indudablemente, en toda la urbe y tras la mortaja, yo siempre seré un cualquiera.

No está mal serlo, mientras encuentre una nueva visión que me acomode. Primero, elegiré mi nombre, de Pedro cambiaré a Giovanni -por el buen Papini-, aunque, ¿Giovanni López? Suena a beisbolista. Mejor, Luca, Luca López. Voy a dejarme la coleta, comprarme algunos sacos combinables con pantalones de color, dejaré el tabaco y colgaré la insignia de la mañana frente a mi cama: el párpado de un ojo -fabricado por el hombre, claro-. Me recordará que en cuanto despegue el mío al despertar, no existe tiempo para quejarme, sólo soñando tengo chance de rezongar. Ese es mi plan de vida, a propia voz decidir vivir, desde una óptica diseñada a placer.

Esos fueron mis pensamientos en los andadores de San Cristóbal de las Casas, a mi estrategia la titulé: “Hacerle trampa a la vida”. Inicié el combate con la existencia a los veinticinco años y heme aquí a los setenta y dos en un tren hacia Varsovia, viajando, bajo el nombre de Luca López con la joie de vivre. Hoy escucho el vitoreo de la naturaleza, veo de cerca la constante victoria, no hay orden ni sincronía, simplemente, gané. Gané todas las batallas a las que acudí, por jugarle a ser el general de mi propia vida, he sido tutor y consejero de Luca, todo embate lo coloqué yo. Te platico a grosso modo la historia de un ser humano atrevido, la del Bonaparte de la creatividad. La mía.

La infancia fue encantadora. La adolescencia aburrida y podrida en miedo, sin talento. Conociendo los veintes no me cayeron más que sinsentidos, vida rutinaria hasta en el amor, cortejé a cuantas pude, estudié etimologías y celebré un doblete de graduaciones; mis normas no eran mías sino de la parentela, mis actos fueron plausibles interpretaciones, mis pensamientos nunca los cuestioné. Mi evolución despertó al transmutar la religiosidad en espiritualidad, los límites por fin los poseía, yo los reglamenté. Me conecté con el aullido de mi propia alma, descubriendo dentro de mi pecho todo lo tocante a la libertad, equidistante al conjunto de cuadros sociales. Regresé de Chiapas para conocer la diversión, al pisar el hogar de siempre salí de él, me instalé en una cabaña en el borde del pueblo y la ciudad. Modifiqué lo que a mi alcance estaba, escuchando la petición del niño encantador que un día fui. No remé contra corriente, me hice caso y nada más.

Fui zapatero, trovador, cocinero, mesero, escritor, empresario, arquitecto, escritor otra vez, mesero de nuevo, actor de teatro y monje. En ese orden. Hice lo que quise. Me alejé indefinidamente de distintos círculos sociales. Me rompieron el corazón y lo volví a abrir. Conocí todo tipo de corriente filosófica, usé herramientas espirituales de variadas culturas, leí poco; es probable que a nadie sorprenda mi currículum, una forma de vida no tan común pero corriente. En mis manos no podía tomar la reconfiguración de las posibilidades que existen. El truco, silencioso y por debajo del agua, se desenvuelve en mi verdadera profesión: ser creador de circunstancias durante todos los días de mi vida. En todas las locaciones pisadas, en el eterno presente, ajeno a cualquier derivada del “después”. Estaré siempre listo. Abierto a imaginar, para después concretar hazañas diariamente.

Como un niño, olvidé el significado de “verse raro”. En el tráfico cotorreaba con los coches vecinos. Con los policías abría el telón para que actuáramos como detectives, les apuntaba con los dedos simulando una pistola, abría la boca sacándoles la lengua y ponía los ojos bizcos. De zapatero, cambiaba el color de los zapatos de mis clientes, les enredaba las agujetas del derecho con el izquierdo justo en el momento en el que cerraban el periódico, limpiaba sus empeines con un mousse revuelto con ajo. Cuando trovador, aberración musical. Como escritor, deslenguado. En las artes culinarias, ya sea en los cuchillos o en la charola, picoteaba los cachetes de mis colegas y de los comensales, disfrutaba decorar los platillos con una carita triste hecha de mostaza; no aceptaba propinas, en mis descansos escribía, desarrollé un tipo de meditación para peladores de papas. Mi empresa se dedicaba a capacitar a los adolescentes para ser autodidactas, tuvo gran éxito, del tamaño de construir refugios en cada municipio de la ciudad. Si miras el imponente puente que conecta Acapulco con Toluca, podrás comprender lo que fui de arquitecto, es broma, nunca fui arquitecto. Y tampoco actor de teatro, o bueno, sí, con mis amigos que dirigen el tránsito. Fui todo lo que quise.

Entré al monasterio cuando quise recordar y escribir todos mis amoríos con sus respectivas aventuras, mientras los monjecitos repetían mantras o estaban en silencio, yo hacía poemas de las piernas de Leonor. Recordé las variadas formas que ingeniaba para conocer damas, con ellas también fui actor de teatro, aunque honestamente amoroso. A, era un acertijo andante, la conquisté haciéndole acertijos. B, quejumbrosa, nos enamoramos en el desierto del Sahara a unos cuarenta grados centígrados. C, con ahínco intentaba ponerme celoso, le recitaba poemas eróticos. D, vivió unos años conmigo, todas las mañanas la despertaba bailando. E, era muy silenciosa, su risa estremecía toda la avenida cuando yo salía de casa disfrazado de arlequín. F, G, H, I, J, eran mis vecinas, simplemente llegué a tocarles la puerta diciéndoles que quería pasar y ver una película a su lado. K, L, M, N, me vieron en el gimnasio comiendo hamburguesa mientras sudaban la gota gorda. O, fue mi romance en el súper, aparejaba mi carrito al suyo e introducía los mismos productos que ella escogía, claro, viéndola sospechosamente de reojo y con una cínica sonrisa. P y Q recibieron flores cuando me fueron infieles. Roberta ¡Ay Roberta! Amor de mis amores. El conglomerado de creatividades con ella, la procreación de dos chamacos ¿Por qué con ella? Porque no se tomaba en serio, hacía parodias mías, se disfrazaba, era simple y natural. Me veía de reojo y soltaba la carcajada, desde que despegaba el parpado nunca se quejó. Hacía ejercicio por salud. Aceptó como vivienda una cabaña en el bosque, poco orgullosa, suelta. Una mujer sin tapujos, sin represiones, como una niña, hacía lo quería. Sabía vivir disfrutando. Por eso, con ella me quedé.

Hemos llegado a Varsovia. Me atañe cerrar la libreta y correr hacia un parque con mis hijos. A continuar jugando. No he sorprendido a Roberta hoy, fingiré que me caigo a las vías del tren. Si se enoja, ya verá la sorpresa al anochecer…

Por Gustavo Llorente

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5 comentarios en “HACERLE TRAMPA A LA VIDA

  1. Has descripto una vida productiva y nada corriente.

    “Fui zapatero, trovador, cocinero, mesero, escritor, empresario, arquitecto, escritor otra vez, mesero de nuevo, actor de teatro y monje. En ese orden. Hice lo que quise. Me alejé indefinidamente de distintos círculos sociales. Me rompieron el corazón y lo volví a abrir.”

    Mi historia tuvo y tiene muchos matices y cuando me preguntan profesión en las boletas de embarque de los aviones suelo poner deliberadamente: Lucía Folino.

    Le gusta a 1 persona

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