El primer poema dirigido a una mujer que de mi gañote salió fue un aberración literaria. Más menos decía algo así:

¡Oh, Blanca!

Ojos miel,

figura curvilínea,

un corazón latente,

que única y solamente,

te quiere a ti;

¡sh! tú sabes…

Atentamente, Gustavo Llorente.

Mi amigo Mikel Irurita, fue el artífice de semejante acto temerario. El reto era mandar una rosa al azar a alguna mujer, a una que no conociera. Con un poema que cuando fuera abierto despidiera el olor a desodorante. Agregando ideas, el dibujo de una rosa sobre el poema. Tenía dieciocho años cuando tuve ese detalle hacia Blanca. Creo que me agradeció. Me suplicó que dejara a un lado las extrañezas. Para mi sensibilidad fue un mensaje altisonante, actitud que reavivó el botón de la reacción; le envié una foto: mi ojo con la imitación de una lágrima escurriendo -también creatividad de Mikel-. No supe de ella hasta la anécdota que aquí presento, hasta dos años después.

En el 2011 empecé a formarme como abogado -lamentablemente-. Blanca y yo coincidimos en la misma universidad; en tres descuidos nos saludamos, por cortesía. Seguía siendo externa al radio cotidiano y fielmente ajena a mí . Sólo compartíamos el mismo espacio de aburrición. Yo estaba siendo instruido como vividor empedernido, y me parece que ella seguía la línea de una rutina pacífica, cercana a la paz. Reconozco que es una mujer luminosa, vivaracha y altamente noble. He tenido la fortuna o el acierto de relacionarme con damas de importante condición espiritual, de esas fuera de serie, únicas en su especie. Las recuerdo con gratitud y un palpitar amoroso ¡Que Dios las bendiga!

En el 2013, abandoné las fiestas y las luces, me enfoqué en la carrera que no quería estudiar. Ese marzo, ocurrió un fenómeno inverosímil: Morfeo se coludió con Cupido. A pesar de haber tenido -como máximo- setenta segundos de contacto con Blanca, sin importar que éramos lejanos y habiendo olvidado el envío de la rosa, apareció en mis sueños. Era de madrugada -alrededor de las cinco de la mañana- cuando caminaba de la mano de ella; entre besos y abrazos. Alegre y disipado. Como muy confiado de lo que hacía.

Sonó el despertador. Me bañé y salí. Esperaba al mismo creador de la hazaña con Blanca dos años atrás. En esa época, él pasaba por mí a casa de mis padres, estudiábamos juntos; nos apoyábamos en el asunto de la impuntualidad. Me subí a su coche -un cuadrito color plata- y le narré lo que acababa de soñar. Le dije: estoy inquieto, soñé con Blanca, nos dábamos unos besos; contestó con una carcajada. Seguimos platicando y recordando aquella peripecia de la adolescencia. Íbamos muertos de risa, preocupados por alcanzar la clase y mal dormidos.

Estando en una de las ciudades más grandes del mundo… existiendo infinitas circunstancias, millones de semáforos y coches, miles de rutas y paradas… pudiendo no asistir ese día a la universidad como acostumbraba, o pudiendo estar distraído… siendo copiloto de Mikel… con una hora transcurrida después del sueño con una persona desconocida… en el rojo del mismo semáforo… se emparejó una camioneta… era Blanca.

Dime que el destino no existe.

Por Gustavo Llorente

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s