Era un orgullo misterioso el de la gente de esa ciudad. Tendían a no caer en la trampa, de hecho, su tropiezo con la tentación era estéril. Me pareció arrogante que los transeúntes fueran educados, que sus padres cumplieran con la pensión. La limpieza de las calles me daba tanto miedo. El hombre más juzgado era aquél barbudo de dos metros. Josué Pedro Graulón. Desde niño fue antagonista de la norma; para todos era un vándalo. Su madre escondía su rostro bajo sonrisa encantadora, por la vergüenza que su hijo le provocaba. Ni siquiera tenía esposo que enmendara al árbol torcido.

Suerte la de Josué para nunca dormir en la celda, a pesar de así desearlo. Por fin, podría ser ermitaño con todo pagado; no tenía el silencio necesario para tergiversar los cuentos de Disney. Quería demostrar que el romance del principado no existía. Sobre todo, en aquellas relaciones a las que se había sometido. Sólo quería platicarle a las exparejas que su indiferencia era honrada, tal y como el adiós que les daría. Se cuestionaba algo: ¿Por qué las escojo siempre de la misma estirpe, bajo la misma línea? La duda lo impulsó a esquematizar las características que buscaba en una fémina. Mientras tanto, los ciudadanos seguían excluyéndolo; hasta la entrada al teatro le negaban. Su destreza se explotaba en el romance, su encanto oprimía la degradante fama que tenía. De ahí en fuera, sin amigos, sin favores laborales, sin familia.

Jugó al Walden, se secuestró en el Canadá. Ahí, lejos del contacto social. Más temprano que tarde tendría que regresar. Dejó huella, construyó una mazmorra fabricada al pino; de la puerta principal colgaba una insignia para darle la bienvenida a nadie: “La indiferencia es una conducta violenta, ni los osos que me rodean la practican.” Disfrutó el mejor de sus lustros y volvió a la ciudad, el eterno retorno. Se encontró con las cosas mejoradas. Las tentaciones eran superiormente evitadas, la gentileza se practicaba en todos los espacios. No lo olvidaron, siguió siendo el apestado. Y el eterno retorno… con una excepción, el nuevo amorío con las cualidades enlistadas se presentó. Se llamaba Manola Dialé -hija de la primerísima dama, y prófuga de su casa desde la adolescencia-; salía del departamento con el único propósito de comprar verdura, después y siempre, soledad. El mercado fue el punto de encuentro entre Josué y Manola. La sorpresa, eran afines en la búsqueda de la libertad. Exquisito romance el que vivieron estos dos. Desapareció la fortuna de Josué, lo aprisionaron por estar montado sobre un poste de luz. Pretexto útil para abrir su expediente y darle cadena perpetua.

La verdad es que su vida tuvo la cereza que deseaba. Perseguía valerse desde su voz, le desinteresaba ser un antisistémico; era alegre con lo que tenía, nada más. Esa etapa tras las rejas inspiró a la ciudad para fundar el pueblo ideal en el que hoy vivimos. En pocas líneas desahogó la creencia completa de una tradición ancestral; desarmó el argumento que en su tiempo reprimió a sus contemporáneos:

Amigos:

Soy más libre que ustedes en este cuatro por cuatro. Sé que hierven en ácido por mantener su imagen. Sé que su trastorno ansioso es por el anhelo de la perfección. También, sé que su orgullo limita el gratísimo sentimiento de errar. La peor locura de ustedes es sentirse cuerdos. La represión es la ausencia de amor y, ustedes, forman íntegras familias sonrientes a través del control. Mi propuesta será exitosa desde que sus nietos me lean, desde que rompan con sus paradigmas. Sucederá que vivirán en plenitud por ser verdaderos sinvergüenzas. Verdaderamente, se nombrarán ciudadanos del mundo; predigo que hasta negarán sus raíces, porque su símil radicará en la libertad.

Al que no podrán reconocer,

Josué Pedro Graulón

Por Gustavo Llorente

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