A quien se lo quiero dedicar

“Si bien casi todos los hombres se ven atraídos por la sociedad, muy pocos sienten esa misma atracción por la Naturaleza. De hecho, en su relación con ésta, la mayoría me parece inferior a los animales, a pesar de su dominio técnico.” – H. D. Thoreau

Nació como en el Otoño de Vivaldi, triunfante. Dedicada a sumar hasta siempre resultar en un día inmejorable. Destinada a vivir libremente. En sus estudios primerizos se mantenía desconcentrada observando por la ventana el ondear de los arboles; fijaba su mirada en las grietas de la pared, y simultaneo al gis en el pizarrón firmaba las últimas páginas de sus cuadernos. Los temores más grandes los depositaba en los adultos. No era muy atractivo ser como ellos. También, le confundía el experimento de plantar semillas en un recipiente de vidrio, se paralizaba en eventos sociales de modales. En el fondo creía que estaba viviendo por error o en un espacio en el que no cabía.

La impresión que le daba el saludo entre compadres era de desconfianza, acto que la forzaba a fugarse en el cautivador efecto de los detalles. Dormitaba en paz. Así era Rafaela -omitiendo la descripción física-, de esencia azulada y verdosa; escogió las siglas de su nombre a raíz de cuatro axiomas por los que se rigió: Risa, Alegría, Resiliencia, Bondad. Y así era, ciertamente. En ella estaban impregnadas las cualidades, se veía cuando perseguía la nada, cuando bailaba cantando, o cuando a sus hermanos les hacía bizcos para hacerlos sonreír. Este no es el cuento sobre la mujer que influyó en un grupo selecto de personas, trata de la intuición con la que desarrolló una vida sencilla y un progreso espiritual que contagió a los caminantes sudamericanos.

Tenía sueños de elevada sensibilidad, se observaba dialogando en la cabina de un restaurante con Rilke y Benedetti, sin saber quiénes eran; es decir, oníricamente destapaba una poética sabiduría para guardarla con ella. Llevaba en sí la costumbre de caminar por los andadores de Sao Paolo, lugar de su nacimiento. A las cinco de la tarde se recargaba en la farola para darle sentido a las vidas de los peatones. Y reflexionaba, o más bien, divagaba. Su intención inconsciente era morir en plenitud, sólo eso. En fin, seguía recibiendo de su propia luz.

Fisuraba la rutina con un deje creativo, paseando la mano por el barandal para sentir la textura de la madera, o contando los pasos que daba de la cama al comedor, y lo más anonadante: hablaba con un ser superior sin haber sido instruida bajo la existencia de un Dios. Lo que más le gustaba era ser microscopio de las flores de su jardín. Y por excelencia, el silencio.

Era difícil cuadrarle el ojo, en sus noviazgos nunca sintió que el corazón quisiera salirse, con las amigas convivía incómodamente, socialmente escuchaba temas de conversación de antaño, y la familia se delimitó como cosa conocida. Le parecía desconcertante ser participante del mundo. Por lo tanto, rechazaba la idea de la muerte sin haber descubierto la dignidad dentro de la realidad. El foco de su sensibilísimo intelecto se encendió después de años de hartazgo, después de habitar rodeada de gente tan parecida entre sí, después de sentir que el tedio le carcomía su interior.

Se inspiró. Recordó in fraganti la siesta sobre el pasto espiando al sol que se escondía, la sensación de moquear cuando el golpeteo del viento, la frescura del agua que degustó en el manantial, y la ternura de los perros que inflamaron su alma. Lógica decisión, migraría hacia la naturaleza, o como ella decía, a las plantas. Recorrió los glaciares, la Cordillera de los Andes y el Amazonas, cada paso hinchaba las ganas de vivir; respiraba la limpieza de los bosques, escuchaba el canto de Iguazú, acariciaba la tierra, por fin era salvaje, y conquistó la entonación con lo natural. Este fue el hallazgo. Abandonar la urbe.

Esta mujer me deslumbró. Me mostró la vida a través del aire libre. Caminé con ella varias analogías naturales, me enseñó el respeto contemplando una parvada, me enseñó la paciencia en la germinación, el carácter al lado del mismo roble, el enamoramiento a través de su mirada. Me explicaba la rendición de la flora hacia el Creador, mismo que describía como el estruendoso grito de la cascada. La generosidad era fiable al ver el comportamiento de los pingüinos, la empatía estaba en los peces que buscan la salvación de todos; la serenidad en la tierra. El amor -decía RARB- siempre ha sido como la indumentaria de la montaña -incluye todo-… mayoritariamente: los detalles. Regresó a los primeros años de evolución física para ganar en evolución espiritual.  Sin farfolla había conectado con la chispa de la plenitud. Descansada. Viviendo un día a la vez. Lo mejor, nos topamos, algo tenía yo que coincidimos en ser equipo para la aventura sin fin. Y ¡qué regalo!

Mis palabras más gratas apuntan más bien a lo que Rafaela me transmitía: el deseo inagotable de disfrutar, el valor de despertar, la fuerza de convivir; a su vez, me deleitaba con la sinfónica de risas que interpretaba. Me atrajo enormemente su alegría de vivir y el brillo de su mirada. Su vibra liviana manifestaba inmediatamente la bondad que sentía por su entorno. Venció la opulencia y amargura de la ciudadanía, se sobrepuso, escuchando fervientemente a su intuición; se desapegó para sentir -en la finitud- lo que su espíritu le suplicaba: en todo momento, andar en paz. Ojalá conozcas a una mujer de su luminosidad.

Por mi parte es todo. Mi nombre es Rogerio, el hombre al que Rafaela inspiró. Y no quiero quedarme con las ganas de decirte algo: ¡TAMBIÉN POR FUERA ERA HERMOSA!

Por Gustavo Llorente

Foto: Amaya Martínez (FB: Amaya Martínez Photography)

@amayamartinezphotography

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