Era un sábado cualquiera, la mañana prometiendo frescura, el azar auguraba una interesante situación; Freddy despertó con sentido del humor afinado y con comedia destapada. Tenía el presentimiento de que un buen día estaba por venir. La sensación o lo que quería atraer era la vivencia de una sorpresa. En el lugar que fuera, en todo momento, buscaría destacar. Eso le aconsejaba su pensamiento, salir a buscar el acontecimiento.

Se paró de la cama con cigarro en mano y salió a la terraza del departamento. Hizo el ritual de los cuatro movimientos: en posición recta apretar el abdomen, intentar pegar las costillas, estirar los brazos, y voltear al cielo. De vuelta al interior vio que Mons había despertado, su compañero de renta desayunaba cereal en la barra de la cocina; la entrañable amistad desde el colegio los arrejuntó en el mismo lecho.

         FREDDY— Mons, ¿traes plan para nosotros? Tengo ganas de salir a cotorrear.

          MONS— Digo, para mí traigo todos los días, si quieres puedes unirte. Los de la chamba vamos a ir a tomar gin y a conocer nuevas criaturas en el bar. Ponte galán y puedes venir.

         FREDDY— ¿Vamos puros hombres?

          MONS— Correcto. La jauría varonil rociada de loción con la cartera bien forrada. Y venga a nosotros su reino. ¿Quieres cereal?

Llegaron a la colonia donde los relatos nocturnos ocurren. Se estacionaron. Freddy bajó erguido y con confianza, vestido a suéter azul adornado por una polo con cuello blanco. Todos con zapatos cafés a distintos tonos; Mons -pueril como siempre- se acercó a la entrada y con displicencia abrió las cortinas de terciopelo que usaban como puerta. Era un lugar oscuro, iluminado por farolas replicadas de la calle. Las paredes hechas de cantera, los techos de madera. En algún libro Mons había leído que un sitio con luz atenuada era mejor para conquistar mujeres; mi experiencia refuerza su premisa. Los cuatro se sentaron en la mesa del centro, a un lado de la fuente que dividía el lugar. Frente a Freddy, en la esquina derecha, un grupo de mujeres brindaban por quién sabe qué.

Al minuto cuarenta y dos se atravesó la mirada de Freddy con una de ellas, Ximena. Mujer calificada como hermosa, de mirada hondísima y soñadora; salía de unos ojos grandes, despiertos, color verde botella. Destellaban brillo anormal. De su cabeza resbala el pelo lacio aclarado por el sol, aún más luminoso que la mirada. Freddy contemplaba a larga distancia las carcajadas que de ella salían, cautelosamente observaba cada vez que se acomodaba el pelo; estudió los movimientos y las peculiaridades de su conducta. La agilidad para relacionarse en sociedad le puso el corazón a latir. Terminaron de cenar ambas mesas. Unos pidieron digestivos, otros continuaron con licor fuerte, Freddy y Ximena ordenaron café. Los separaban nueve metros, la pasarela de meseros, la llegada y salida de comensales. Había distracción en su máxima potencia, las respectivas conversaciones parecían cuentos de nunca acabar. Ni siquiera habría por qué callarse. Todos se manifestaban contentos.

A mitad de taza ocurrió el buen presagio que tuvo Freddy al despertar. La mirada de Ximena se encandiló con la de él. Quedaron anonadados cuando las ópticas convergieron, como estancadas en el mismo lugar sin posibilidad de movimiento; fijamente se veían con tremenda tensión, todo vibraba con fuerza entre esos cuatro ojos. El camino se esclarecía, los estorbos disipados, de ellos emanaba tal química que las interrupciones estaban agotadas. Ninguno se apenó; la dirección de la vista se mantenía constante, estática. La de ella entraba en la de él, poseyéndolo, creando ardor dentro suyo. Y Freddy pensaba —¿Será que ella es la indicada? No puede quitarme la mirada de encima. No es coincidencia, yo tampoco puedo. ¿Qué hago? ¿Qué está pasando? Ninguno la quita. Tengo que ir a saludarla. ¿Si me rechaza? ¿Si me hace quedar como loco frente a todas? Mis cuates se burlarían de mi toda la vida. ¿Cómo la saludo? ¿Cómo empiezo la plática? No puedo empezar por decirle que está guapa, ya no funciona a esta edad. Podría ser sincero y atreverme a decirle lo que me hizo sentir desde lejos. Me da miedo que sea sangrona. Ya sé, me dirijo al baño y si sigue viéndome me acerco enojado a preguntarle qué se le perdió, después me rio. Mejor finjo que me voy y desde la entrada le muevo el dedo para que venga. A ver qué opinan estos…—

 

FREDDY— Escuchen, escuchen, atrás de ustedes hay una mujer de vestido blanco, sean discretos. Llevamos viéndonos como veinte minutos. Ahorita me está sonriendo. ¡JACOBO, DISCRETO, CABRÓN! No ha parado de coquetearme. ¿Qué hago? ¿Voy? ¿Qué le digo? Todo el rato está acomodándose el pelo, significa algo ¿no?

 

JACOBO— No quiere decir absolutamente NADA, imbécil. Vas. ¿Qué esperas? ¿Te da miedo o qué, marica? A ellas les gustan atrevidos.

MONS— Abórdala, perro. No pierdes nada, a eso vinimos.

FREDDY— Estoy muy nervioso. Vean como me tiembla la mano. Ya perdí el toque, hace mucho no hago esto. ¿Qué le digo? Díganme algo.

VILANOVA— Tranquiiilo, hermano. Flaubert decía: las mujeres tienen condición de palmera, las acaricias y de vuelta llevan a tu sistema la energía, aunque no te hagan caso. ¿Era Flaubert? ¿Balzac? No me acuerdo, hermano. No es cierto… yo la inventé (risas). Pero, no temas, tú sólo pásala bien. 

MONS— Si sigues pensando la idea no vas a ir.

 

Freddy necesitó más que cafeína, llamó al mesero con los dedos bailando y pidió un whiskey en las rocas. El sentimiento era muy fuerte ni eso podría aquietar el nerviosismo. Las piernas le temblaban, una más que la otra; sentía los brazos hormiguear, las tripas le quemaban el interior. Imaginaba escenarios caóticos si se acercaba a Ximena. Ella lo seguía mirando entre medias sonrisas, reacomodo de compostura, y una actitud inquieta. Al parecer sentía lo mismo que Freddy, eso lo tranquilizaba. Una conexión increíble, de esas que suceden una vez en la vida. Como siempre, el tiempo apremia y vio a una amiga suya pedir la cuenta. La ansiedad aumentó, y el cuerpo se enjutaba con furia; se paralizó en todos los sentidos. Fueron segundos de gloria cuando se arropó con valentía levantándose de la silla. Dejó de sobre analizar y eso lo llenó de convencimiento para acercarse a Ximena. Caminó en diagonal hasta tener de frente esa mirada que lo acompañó de lejos durante toda la cena.

          FREDDY— Hola, ¿Cómo estás? Me llamo Alfreddy… Alfredo, perdón. Es que los de allá me dicen Freddy. Normalmente no soy tan propio, pero me están traicionando los nervios. Pensé en confrontarte, pero… pero prefiero ser natural. No he podido parar de verte, no he querido más bien… no me interesa más bien. Aunque es mayor el reto con tus amigas viéndome como si fuera un delincuente, o con asco. A ver, ya, espérame, perdón… Estoy muy nervioso. Me gustaría conocerte un día, a solas. Estás muy guapa. Eso es lo de menos, pero… nada más una cosa: ¿podrías darme tu celular? Toda la noche nos sonreímos y nos vimos, ojalá lo llevemos a otro lugar.

 

          XIMENA— Ay, ¡qué lindo! Te agradezco muchísimo. No les hagas caso a estas locas. No hay por qué estar nervioso. Yo soy Ximena. Y qué bueno que eres valiente… Pero, fíjate que tengo miopía. De lejos veo pura sombra. Perdón si pensaste que estaba viéndote. Estoy casada.

 

FIN

Por Gustavo Llorente

Foto: @amayamartinezphotography

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2 comentarios en “ANSIEDAD Y SEDUCCIÓN

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