A mis maestros

Un par de consideraciones: cree nada de lo que transcribo desde mi alma y, segundo, disfruta este discurso. Si logras sentir el ardor durante la lectura habré conseguido el objetivo; y ese es aproximarme al sentimiento que tienen las voces del espíritu. Tan simple como eso, pues la espiritualidad es hacer consciencia de ellas y en consecuencia construirles un sitio para descansar en el día. En la cotidianidad. La ruptura con lo mundano entreteje acciones irrelevantes con la satisfacción de vivir. La reflexión será el margen y el indicador sobre la práctica o el tratamiento del espíritu; una pista: la espiritualidad es una búsqueda incansable de los nutrimentos para alcanzar la quietud interior. Sólo eso. No es religiosidad. Te comparto…

Tuve que acomodar sobre mis palmas la futilidad de los comportamientos que hasta el momento había llevado, los vi fijamente, seguramente con temor y obstinación. Sentí dolor y el impulso de tomar mi maleta para huir; sin un ápice de duda:  descubrí que mi costumbre era justamente no sentir, y por ahí iba la raíz del tremendo vacío que como sombra dormía conmigo. Volví a mirar de cerca los mecanismos de defensa que fabriqué desde infante: analizaba con tiranía a la gente, utilizaba palabras de ofensa, depositaba mi estado en el malhumor. Aunado a tal, acallaba emociones de tristeza o alegría con alcohol, todo para negar lo que soy; fingía, adoptaba personalidades por encima de la mía. Más bien escapaba para no tocar el sentir del espíritu; así me separaba de mí, promoviendo el sufrimiento y la autodestrucción, cada vez más hondo. La descripción más asertiva es que estaba vivo y, a la vez, muerto de miedo. Con carencia espiritual.

Y hablo del miedo como la majestad absoluta del vacío. Imagínate profundamente este momento: La agonía sin razón… se sienten escalofríos -como al borde del vómito-, la sangre baja con fuerza de la cabeza al cuerpo, cercano el desvanecimiento y palideciendo, con el pecho a medio reventar; esto mismo provocando ansiedad, algo irremediable va a suceder, no hay defensa, y todo lo que dejo atrás jamás podrá saciarse. Los nervios hormiguean punzantes, las mandíbulas se aprietan, sin darse cuenta las uñas ya se entierran en las palmas. Retortijones, las venas del cerebro inflamadas sintiendo el bombeo, no cesa el sudor. Atraviesan velozmente pensamientos de desesperanza y catastróficos, la tragedia se avecina, la ocurrencia de advertirme que no hay gente a mi lado intensifica la incertidumbre física y mental. Las emociones se disparan y todo parece incontrolable, estoy debilitado, moribundo, a punto de sentir la exhalación final; veo a mi pareja llorando cuando la abandoné, la vergüenza que le causé a mis amigos por burlarme de ellos, los gritos de queja durante toda mi vida, la inhibición de los placeres, el odio prolífico… Lo peor está por venir, después de la muerte no existe nada, todo es negro y yo desaparezco eternamente, no tendré que luchar más. ¡Me parece desesperante que ni seré notificado sobre mi inexistencia! Nadie va a acompañarme en el más allá, ni si quiera yo porque no existo. Y así infinitamente, estando sin saber que lo estoy, o que fui; desconozco la tranquilidad, persiste el vacío acá adentro, sigo sin un camino. Viví muerto, estoy muerto, soy nada, o algo que sabe que nunca será ni fue. Se acabó, pero, cómo saber que así es…

Eso es el miedo, el amo y señor del vacío. Él es la contraparte y ofensor número uno del espíritu, ese al que por necesidad hay que derrocar. La primera estrategia es atacar al orgullo, aceptar que algo anda mal dentro mío. De sentir que la realidad no es la mejor, el problema radica en mí. Soy yo el que siente esas congojas, esos resentimientos que se pudren con fétido olor, el que siente la añoranza de ser reconocido; soy yo el que no está sintiendo paz, el que está ocupado en controlar agentes externos. El que depende de sustancias, de personas, de elogios y vituperios. Entonces pongo sobre las palmas estos sentimientos, pensamientos y acciones miserables causantes de la inestabilidad. Los admito -o bien, triunfo en la batalla inicial contra el miedo-. Por ellos es que me he sentido solo, por ellos es que no encuentro el sentido de mi existencia, por los que siento desgana y apatía; el miedo me transformó en un ser humano grisáceo, insonoro, carente de chispa y viveza, un ser poco creativo. Empieza el trabajo. Una introspección exhaustiva acerca de las experiencias que detonaron el temor en mis entrañas. Esta localización por seguro aleja la culpabilidad de mis acciones -cualesquiera que hayan sido-; la encomienda no es realizable de manera autodidacta, por haberlo hecho así continuó la sensación de inadecuación con el mundo. La primera búsqueda o el camino contemplado se da ahí: pidiendo ayuda. Buscar el empujón para el hallazgo de mí mismo. Y me doy cuenta que el camino es el que ya estoy andando, en el que renovaré mi actitud. El cariño que podré regalarme desde esta pisada.

Esta actitud es el condimento ideal para el misterio del espíritu, para sentirlo habrá que entrenarla y que consiga apuntar directamente al servicio; por seguro desbaratará el telón y el corazón logrará sensibilizarse. Las respuestas se aproximan y el enamoramiento por habitar en una búsqueda florece, con tal cantidad de adornos que el sufrimiento se transmuta en un dolor gozoso. O bien, en la aceptación de las circunstancias internas y externas que en este instante me instruyen para un pleno vivir.  Sigo andando y ya no quiero parar de caminar, siento que algo superior a mí desintegra las preocupaciones triviales que tanto atormentan; de repente me veo sentado en un lugar silente practicando la meditación. Como que el dinero deja de ser suficiente para sentir el contento espiritual. Como que pierde fuerza la angustia de saberme conocido por personas desconocidas, y con las allegadas ya no tiemblo por ser yo mismo. Estoy aprendiendo a sentir. La belleza natural del sentir que había olvidado ahora es amiga mía. ¿No será momento de agradecer?

Ahora, una llamada a la paciencia, necesitamos tú y yo aguardar el momento de la reconciliación; ese bendito tiempo en el que se ensancha el cuerpo colmado de gratitud. Donde ya me perdoné y comprendí. Con esa comprensión me refiero a la capacidad de asentar cuando se habla de la perfección de los acontecimientos, de ponerse una lente para verse y ver a la gente en la etapa de la niñez. De improviso ingresa por todas las células el amor, el sentimiento de abrazar lo mismo que siempre me ha rodeado, pero que ahora disfruto. Será imposible clausurar esta nueva manera de vivir, o sea, seguiré queriendo dar jugando del lado de las circunstancias ¡Qué alegría! Hace tiempo que no veía el último detalle de las plantas, he descubierto como se sienten los vientos rodeando las mejillas, lloré por mirarte triunfar, se me enchinó la piel al ver a mi hijo crecer, y ahora siento el transcurrir de los segundos como tiempo extra. Ya no puedo medir la fuerza con la que quiero ser partícipe de mi propia vida, contigo o sin ti. Ha dejado de azuzarme la soledad, y sabes qué, me siento seguro la mayor parte de las horas. Tengo por desabridos los eventos sociales, las críticas destructoras, la murmuración, la fama, la fanfarrea, y las relaciones sin amor. La alegría de vivir es de mi equipo.

En palabras de mis maestros: no te tomes tan en serio. Frase exacta para comprender la espiritualidad. Estructura donde se anida la aceptación de la realidad, ejecutando una actitud servicial dotada de gratitud y que testifica el despertar de conciencia para vivir en aras del amor. Es más simple de lo que parece, principalmente se trata de sentir, de aprender a sentir. Sólo eso. Apuesto mi vida a la espiritualidad, lo que con ella quiero es conquistar la tan cotizada paz.

                                                      POR GUSTAVO LLORENTE

Foto por Amaya Martínez (@amayamartinezphotography)

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2 comentarios en “APUESTO MI VIDA A LA ESPIRITUALIDAD

  1. Qué difícil tocar fondo, reconocer los errores, hacer el recuento de los daños, que se extienden a aquellas personas que estuvieron a nuestro lado, más difícil aún, revivir el dolor, la desesperación, la angustia, la desesperanza, sentir ese vacío que consume todo rastro de humanidad, la vida siempre concede otra oportunidad….

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