“PEDRO ITURRALDE Y LUIS MANUEL”

Narrado por el tiempo

Conocí a Paco Talcós hace algunos años, trece para ser exactos. Recuerdo como si fuera ayer el primer intercambio de palabras que tuvimos, era una fría mañana de otoño dentro del Centro Escolar Cedros. En ese entonces, yo era alumno de nuevo ingreso, por lo que estaba iniciando una de las mejores y más difíciles etapas de mi vida.

Ser “el nuevo” no es fácil para un niño de doce años de edad y menos en una escuela de puros hombres. Los “grupitos” de amigos de cada generación están claramente definidos. Largos años de convivencia y estereotipos marcados hacen que incorporarse a alguno de ellos sea una tarea nada sencilla. Por lo general, los nuevos se llevan con los nuevos y fin de la historia. Retrospectivamente, podría decir que no basta con la personalidad que uno tenga, además de suerte y tiempo, se requiere “algo más” para entablar una verdadera amistad. El fútbol siempre fue mi “algo más”.

Talcós era uno de los líderes, dentro y fuera de la cancha. Recuerdo que lo primero que llamó mi atención fue su admirable actitud de seguridad y confianza en sí mismo, semejante a la de un caballero medieval de la Baja Edad Media que está por combatir en una justa. Su actitud, rozaba la prepotencia, sin embargo, confieso que me tomó algunos años comprender que el valor no significa arrogancia, sino tener la firme voluntad de hacer lo que nos parece correcto. Se plantó enfrente de mí, con gran autoridad y mirada incesante cuestionó mi nombre y “origen” al ser un forastero. Reformuló su pregunta al no comprender mi respuesta y posteriormente se dio el lujo de mofarse de mi apellido con una sonrisa socarrona que abarcaba la mitad de su rostro. Inicialmente, titubeé, cuestionando internamente su nivel intelectual. Después, comprobé que tan sólo estaba dándome la “bienvenida” de una manera poco educada y nada cordial. No obstante, este fue el inicio de una gran amistad.

Durante varios años, mi relación con Talcós se limitó a un pequeño apretón de manos, un ¿cómo estás? y poco más.  Fue hasta el otoño de 2009 cuando por primera vez coincidimos en el mismo salón de clases. Sentados a varios lugares de distancia, no sé si fue el destino, nuestra mala conducta o un mero producto de la casualidad, pero terminé sentado a su lado en el denominado: “Rincón de la Sonrisa”. Y todo empezó ahí. En este punto, permítanme añadir otro personaje fundamental a la historia: Maestro.

Maestro era un alumno que, al igual que Talcós, se caracterizaba más por su mala conducta y habilidad para jugar fútbol que por sus buenas notas académicas. Ambos llevaban prácticamente toda su vida estudiantil en el Cedros y se conocían desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, hasta ese año nunca habían sido grandes amigos. Para ser sincero, los tres éramos unos completos desconocidos que, años atrás, habían coincidido en el equipo de fútbol del colegio y nada más. En pocos días, forjamos una gran amistad.

Desde el principio, además de convivir en el salón de clases, comenzamos a hacerlo fuera de este. La escuela y la dificultad del año académico que cursábamos resultó ser la excusa perfecta para juntarnos al menos tres veces por semana. El lugar designado era mi casa por la cercanía que esta tiene con la escuela. Cada día, fingíamos estudiar distintas materias: Matemáticas, Química, Biología e incluso recuerdo que llegamos a mencionarle a mi madre la materia de Teología. Ciertamente, eso nunca sucedió. De hecho, hacíamos todo menos eso. Al llegar a mi casa, aproximadamente a las 2 de la tarde (si es que no nos escapábamos antes de la escuela), devorábamos cualquier alimento que encontráramos a nuestro paso. La glotonería se convirtió en una particularidad de nuestra amistad. Veíamos todo partido de fútbol que nos resultara mínimamente atractivo, jugábamos X-Box, platicábamos de diversos temas, desde cualquier sinsentido, dignas de un niño no mayor de 6 años, hasta intimidades en torno a nuestras vidas personales. Inventábamos frases y bailes, juegos y apodos, realizábamos “concentraciones” antes de cada partido de fútbol, visitábamos niñas de otras escuelas, salíamos a caminar a parques aledaños, idas al estadio, restaurantes, entre muchas otras cosas. Todo esto con una característica que en ese entonces parecía requisito y pocos (o muchos) conocen. Reíamos, reíamos mucho.

Al cabo de algunas semanas, Talcós, Maestro y yo teníamos una “rutina” que englobaba todas las actividades ya mencionadas y nos hacía poseedores de las mejores historias, mismas que compartíamos día a día con nuestros compañeros de clase. Más adelante, encontramos la manera de fugarnos de la escuela (literalmente) antes de tiempo, por lo que las historias eran cada vez mejores. Éramos muy astutos, y trabajando en equipo casi siempre conseguíamos lo que queríamos. Algunas veces se unían uno o dos amigos más. Muchas otras hacíamos un grupo más grande. Pero la característica primordial era que siempre estábamos los tres. Llegábamos a pasar entre 12 y 14 horas juntos.

Fue así como transcurrió el año 2009 y la frecuencia con la que lo hacíamos fue “in crescendo”. Escolarmente hablando, hicimos viable lo inviable. Sin embargo, en diciembre de 2009 recuerdo que uno de los tres tomó la decisión de dar por “perdido” el año y resignarse a tener que salir de la escuela al terminar el ciclo escolar. Podría escribir libros y libros con todas las experiencias que vivimos. Podría contárselas con lujo de detalles. Podría precisar las cosas buenas y no tan buenas que llegamos a hacer. En el fondo éramos tan sólo 3 adolescentes con un ferviente deseo de devorar el mundo. Incluso podría omitir muchas otras historias que quizás no recuerde.  No obstante, por ahora, no es mi propósito relatar estas vivencias, sino las enseñanzas que estas me dejaron.

Con Talcós y Maestro aprendí el valor de la amistad. Que esta proviene de cualquier lugar y de manera inesperada. Entendí que algunas veces encuentras una persona tan especial, que al entrar a tu vida la cambia por completo. Aquella con la que todos los pensamientos, sueños, deseos y expectativas nacen sin palabras y son compartidas con callado gozo.  Que en la dulzura de la amistad, hay lugar para la risa y los placeres compartidos. Sin embargo, lo más importante fue lo que dice un tal Llorente acerca de la amistad:

Primera reflexión para amarlo:

qué tipo de amigo quiero ser,

¿entro al juego de no lastimarlo?

Hermano, añoro que puedas ver.

Puedo estar contigo en silencio,

callar cuando estás de espaldas,

abrir las puertas de mi recinto,

crear un momento para tu paz.

Tu defecto no es de mi interés.

Hoy, busco azuzarte al desvelo;

platícame sin que me apantalles,

conocerte es indecible, un regalo.

Conspiran contra ti, sigo de tu lado,

reservo sacarme alguna palabra,

preparo café y siempre el oído,

después, sólo el abrazo bastará.

A andar echo la genuinidad,

con bandera de comprensión,

otorgo valor a la hermandad,

conviviendo separado de la razón.

Aplaudo y respeto tu tiempo,

no hay derecho de intoxicarte,

criticando a otro compañero,

no soy capaz de envenenarte.

A tu lado, la incondicionalidad,

en verdad, no sentirme solo,

la familia te enseñó la amistad,

y salpicó en todo ser humano.

Es fácil, estratega de la risa,

el asunto de tu buen humor,

es la manecilla que va de prisa,

que dominas con todo amor.

 

Entonces entendí que Talcós, Maestro y yo realmente somos amigos.

Han pasado siete años de estas vivencias que estoy seguro jamás olvidaremos. Muchas cosas ocurrieron. Quizás los lectores creen que nos vemos con frecuencia. Para mi sorpresa, no recuerdo la última vez que estuvimos los tres juntos. Sin embargo, me limitaré a contarles que: hoy en día, cada uno trabaja en lo que más le apasiona, y vive la vida lo más feliz que puede. Cuenta el uno con el otro, no hasta cinco ni hasta diez, sino que simplemente, cuenta.

 

Por El Panda

“ANECDOTARIO DE QUINTO DE PREPA”

En respuesta a la fineza de dos amigos acomodo el coxis en una silla que ni se imaginan. Recibí la precedente reflexión hace unos minutos, hace dos lágrimas. Y gracias. No han perdido el toque creativo, asunto que me llena de orgullo. Veo que hicieron énfasis en el pasto y los tachones; omitieron la narrativa de David Faitelson, no sé por qué. Es más, callaron mucho. Fueron prudentes, cosa inverosímil en su personalidad sinvergüenza. Más que el asunto de la amistad, me saltaron esos silencios, como cuando un criminal aguarda la defensa de su abogado. Mi agradecimiento será diciendo la verdad. Aquí les va, ojetes…

SI NO CONSTRUYES, DESTRUYE

Querían competir, quitarme el nueve y el diez, lo sé bien. A falta de talento, lo óptimo fue acompañarme en la delantera; así se formó el tridente perfecto. Un zurdo personalista o Luis Manuel, un matemático despistado o Iturralde, y yo. Acuérdense de la tarde en que acaparamos la mirada de la seguridad e intendencia de la escuela, nunca llegaron las mujeres a vernos. Siete goles para mí, otros siete para Luis Maestro, catorce asistencias para el Panda. La proeza no es la goliza, es el estado de ebriedad con el que pisamos el campo.

La cabeza del equipo -y con cabeza hago alusión a una característica literal- era Handsome, dizque se llamaba Hannzel, pero era muy guapo. Director técnico y profesor comprensivo, de esos que se llevan aquí en el pecho. El gafete y el arco por decisión unánime, y por eso del nombre, lo portaba el Capitán Achi; tipo simpático, con la arraigada creencia de que a las tres de la mañana Lucifer hacía su aparición. Delante de él, la muralla: un tanque, dos “Chemas”, Gavaldón y Muñiz; todos comandados por Manolito. Nuestro mejor hombre ocupaba la banca, por envidia nuestra, el Mobster. Como velocistas utilizábamos al Rey Aramias y a su vasallo Mancilla. ¿Algún revulsivo? Claro, Ricky, ahí estaba la creación y la magia; su entrenador personal era Carlos Arena. En un equipo de figuras necesitábamos la sensatez, posición entregada al Príncipe Arturo S. y a su consejero P. Lizardi. Cuando se me pasaban las copas atacábamos vía Tommy Fernández, el veracruzano; si a él se le pasaban, a Martín Alejandro del Danubio Covarrubias y Paz.

No por nada el nombre del equipo era Ataraxia.

SOBRE ESO DEL “RINCÓN DE LA SONRISA”

Yo le llamaría el espacio del alma, ahí donde por medio de la risa se adormecen las preocupaciones. Anticipo una disculpa a un gran ser humano, Adoue. Yo lo observaba, parecía un algoritmo, en la mano llevaba un inagotable termo de café. Intelectualmente dotado -no tanto como nosotros-, y con excelencia en la creación de guías para el estudio de Biología. Eran un símil del examen a futuro. De tanto valor que la compartía solamente con Ricky, su mejor amigo. Ese papel necesitaba un candado con clave única, protección policiaca, y solo una vez podía abrirse en la computadora. Lástima la de ellos que las hojitas recién impresas fueron visibles a los ojos de tres delincuentes. Los márgenes se asomaban por una rendija de la mochila de Adoue. Y como linces, vimos una presa.

     Maestro – Hay que chingarnos esa guía.

El Panda – Estás malito de tu cabeza, nos van a acusar.

Talcós – Yo hago el hurto. Es mi especialidad. Distráiganlos.

El Panda los condujo a la cafetería prometiéndoles quién sabe qué. Abrió el momento justo para que yo deslizara mis deditos dentro del zipper. Luis Maestro, inmisericorde como de costumbre, ingenió sacar unas veinte copias para todo el salón. Supongo que Adoue rellenó el termo, lo importante es que regresó y mágicamente nuestros compañeros engrapaban unas hojas que, por seguro, se le hicieron familiares. Osadamente se aproximó al rincón.

     ADOUE – Denme mi guía, la original.

MAESTRO – ¿Perdón? ¿Por qué te la daría?

ADOUE –  Es mía, ¿no?

El Panda – Bueno, eso es subjetivo. Más o menos. Puede ser, puede no ser.

ADOUE – ¡YA! Por favor. Me urge estudiar.

MAESTRO – Y eso qué. No es nuestro problema.

El Panda – Además, también eso es subjetivo.

TALCÓS – No sean así. Hay que dársela. A ver, Adoue, te propongo un negocio. Es simple. Yo te doy tu guía y tú me pagas. Me parece lo más justo.

ADOUE – ¿Cuánto?

TODOS – ¡Doscientos!

ADOUE – Trato.

TALCÓS – Perfecto, toma tu guía.

Qué utilidad tuvieron esos morlacos. Al salir compramos nuestras respectivas caguamas y las asquerosas tortas de huevo de la papelería. Esa fue nuestra verdadera rutina. Cuando sentíamos magnanimidad ordenábamos pizza a domicilio, dos kilos con orilla de queso, por favor.

Hubo venganza, carajo. Tiempo después, como déjá vu, vimos la esquinita de una nueva guía. Adoue, se tomó el esfuerzo de crear y diseñar minuciosamente una guía apócrifa. Las respuestas que nos sacarían del apuro narraban la historia de Harry Potter.

ANÁLISIS PSICOLÓGICO DEL ZURDO Y DEL MATEMÁTICO

No voy a revelar quién y no soy yo. Uno de los del tridente padece del arte de la puntería, ese mismo posee un órgano sexual (como todos nosotros); también, Dios le ha permitido que en su propio lecho haya un escusado. Las dádivas no le fueron suficientes, y ahí radica la tragedia, una de las tragedias mexicanas. Tiro por viaje, sin falta, cada vez que yo entraba a su baño con el intestino a medio reventar, encontraba la tapa del escusado decorada con doradas gotas de orín. Conducta indiferente para él, me decía: límpiala y ya. Supongo que le parecía cosa fácil, de mi incumbencia.

No voy a revelar quién y no soy yo. Uno de los del tridente carecía de relaciones sentimentales. Amargamente destapó una botella de ron añejo, de esas que se toman en los tugurios, adulteradas. Me la presumió y teníamos que vaciarla antes de que llegara su padre. En menos de un partido de fútbol la consumimos, pero llegó el patriarca. Sacamos a relucir nuestra técnica de manipulación “yo era una buena influencia”. Terminó en tragedia, se enamoró de una mujer que baila y recibe paga por tal. Entre la impotencia de sentir mariposas, el castigo que le esperaba y el alcohol ingerido, comenzó a vomitar la puerta de un taxi. Sollozaba, moqueaba, volvía a vomitar, sacaba lágrimas, la voz se le barría. Todo se conjugó con maestría, se acostumbró al nuevo acto motriz y pudo berrear, hablar y desintoxicarse al mismo tiempo.

LE DEBO A TU MAMÁ

Y a tu papá también. ¿Cuántas veces desaparecimos sus costosas botellas de whiskey? Vagamente recuerdo una figurita que destrocé, estaba en tu sala, sobre el piso. Creo que era un gallo o algún animalito alado fabricado al bronce; alguna importancia ancestral tenía. Pido disculpas por acabarme el jamón de tu refrigerador, los huevos -azotados contra el techo-, por tus pares de calcetines que agujeree, por el narguile despiezado y el carbón quemando el mantel. Pido disculpas por deshacer tu cama justo al momento de regresarme a mi casa, haciendo una bola gigantesca de sábana, colcha y cobertor. ¿Cuál era mi objetivo? Ninguno.

LA ESTUPIDEZ DE LA MORAL

¿Nuestra amistad era ejemplar? ¿Nuestros actos fueron nobles? ¿La verdad se desmenuzó en Teología? Poco creemos en eso. Todo ha sido paradójico. Luis desertó, Pedro con mención honorífica, mis padres firmaron una boleta de 6.5 de promedio. Los tres con una cruda monumental.

¿Qué ha pasado? Cada detalle dominado por el vicio y las circunstancias, hicieron de nosotros lo que hoy somos. Se acabó el alcohol, perdimos la capacidad de herir, y ahora somos creativos en nuestra profesión. En ellos puedo ver la grandeza espiritual.

Continuará…

Por Gustavo Llorente

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