GUSTAVO LLORENTE

 

 

La venda del halcón

 

 

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A Isabel y Arturo, mis padres.

 

El Clochard

          Cualquier mujer deseaba vivir de la mano del doctor Luis Gerardo Pantoja. Era de linaje acaudalado, bien parecido, y el más admirado de la familia. Dominaba varias ciencias, encontró la hierba para regenerar los neurotransmisores, comprobó el error en el código Fibonacci, conocía bien la astronomía, recitaba poemas de alta complejidad. Sus hipótesis eran siempre comprobadas, redactaba los discursos del presidente español y leía El Quijote una vez por año. Alcanzó la fama por sus elocuentes cursos de Metafísica, Neurociencia, Matemáticas Avanzadas y Letras Europeas en la Universidad de Friburgo. Además del potente intelecto del doctor, su cuerpo se mantenía sólido y erguido; sus facciones parecían hechas a mano, lo decoraba una barba blanca —siempre delineada con navaja—, retocada al punto; tenía ojos verdes profundos que hacían resaltar su rostro. Normalmente se trajeaba, combinaba un saco azul marino con camisa color cielo, bufanda, y pantalón gris Oxford. Solía llevar una anforita con whisky escocés en el portafolios, a un lado de su loción predilecta. Independientemente de su envidiable prestigio, por dentro le sangraba la inseguridad, ocultada con maestría por su personalidad arrogante. A los veintiséis contrajo matrimonio con Ana Sofía Di Verdi, mujer alta de personalidad encantadora, cercana a simpatizarle a quien la conociera. No pudieron concebir a causa de la esterilidad de Luis. Hondísimo pesar para el doctor.

Pasado el mes de septiembre de aquel año, el doctor acudió a la presentación del libro de su mejor amigo, Julio Palmeras. Habían dejado las cenas cotidianas en La Faena por tres o cuatro años, a raíz de la muerte de la esposa de Julio en un avionazo (de eso trataba su novelita). Al terminar el discurso y la breve introducción a la obra, Luis lo invitó a pasar la noche en casa de sus suegros. Terminaron con las botellas de vino que escondía el papá de Ana y durmieron sobre el tapete persa; cada cabeza acomodada en las piernas del otro, a excepción de la de Luis que prefirió usar el abrigo como almohada. Mucho tiempo atrás disfrutaban de madrugadas de esta especie, quizá sólo hacía falta el deslumbrante espíritu de Carolina, la difunta de Julio. Se despidieron y prometieron reinstaurar las veladas de antes.

Luis Gerardo era un catedrático imponente, daba las clases con firmeza, disfrutaba ver cómo el carácter de los alumnos se retorcía; él enseñaba por gusto, sus descubrimientos y la herencia le remuneraban para vivir holgadamente cada mes. Entraba al aula azotando la puerta y con cigarro en mano; jalaba la silla, se sentaba de golpe; por último, acomodaba con estilo las piernas, una sobre otra. Todavía recuerdo el día que me exhibió frente a todos, sacó la lista de su portafolios y aplastó el cigarro contra el escritorio.

  • — A ver… el señor… Ballesteros. ¿Está? Señor Ballesteros, a la una y a las dos.
  • — Aquí, doctor.
  • — ¿Por qué no contestáis? Deliberadamente enmudecisteis. Vuestras compañeritas anhelan escuchar su erudición, señor Ballesteros, sus sabiondas palabras. Lúzcase.

Por supuesto, la deferencia que con ellas tuvo escondía un diabólico cinismo. Era bien sabido que Luis Gerardo estaba terriblemente enfermo de misoginia. Jamás salió de su boca el nombre de alguna alumna, ni siquiera para evaluarlas. Todas llevaban sus calificaciones a casa con siete punto cinco en Literatura Universal. Nunca, nadie, osó cuestionarlo; tampoco el director de la Universidad; tampoco los padres de familia.

  • — Perdón, doctor. Entendí Valladares. Pensé que a él le hablaba.
  • — Jolines, menos mal. De sordo a temeroso, prefiero la primera. Aunque, usted me asusta, mi dicción es impecable. De igual modo, quiero que me contestéis, sin estorbos linguales, sin que yo piense que sois un tartamudo; esos me dan asco. Peor aún, los que utilizan muletillas, parecen seres con desnutrición mental. Dígame, Ballesteros, ¿qué interpreta usted cuando el señor Cervantes dice: “¿En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”?
  • — Pues, que el hidalgo no deseaba más pensar en el pecado. En sus años de perdición. ¿No?
  • — ¡Impresionante! Apláudanle. Hasta se escuchan las ventanas resollando, como ovacionándolo, señor Ballesteros. Qué melódica reflexión. Don Cervantes ha de estar deseoso por conocerle; lo ha dejado azorado. Ahora mismo pedirá un escritorio a los altos mandos celestiales. Creará al nuevo hidalgo que es usted.
  • — Muy probablemente.
  • — Vamos por partes. Primero, acomódese el calcetín que trae puesto como corbata. Segundo, ¿me estáis diciendo que el hidalgo es el narrador? Porque de ser así, podríamos decir que, efectivamente, no desea recordarlo. Supongo que desconocéis la diferencia entre narrador y personaje. Tercero, ¿estamos hablando de una añoranza o de la imposibilidad de evocar el recuerdo de un espacio pasado? ¿La Mancha es el pecado? Esto es muy desagradable, señor. ¿No podría ser una puta región? Ballesteros, le imploro que en menos de diez segundos su cuerpo deje de estar delante de mi vista. Vaya a quitarse la mancha del cerebro y regrese mañana.

El entendimiento del que gozaba el doctor distaba mucho de su visión angosta de la realidad. No alcanzaba a ver la problemática, él mismo se percibía especial entre los demás; tenía una falsa apreciación de sus cualidades: sentía que era una divinidad, un ser superior a los humanos—. A leguas podía verse un orgullo torcido. Por dentro, desde que abría el ojo, le roían los nervios. Siempre mantenía en silencio la agitada angustia. Así adoptó al conocimiento como consuelo, así se adentró al mundo de la intelectualidad. Le hacía sentir bien alimentar la dirigente. De las entrañas a la mente sentía grandiosidad, de las entrañas al fuero más interno sentía vacuidad. Yo no sé si el doctor tenía algún trastorno mental o si era simple egocentrismo. Nunca pudo resolver una ecuación: la experiencia de sentir algo genuino por sí mismo. Asunto que olía, pero nunca degustó. Tal era su frustración; tan cierto era, que había que descubrir el interior, buscó desentrañarlo iniciando su carrera con el licor; a los cuarenta y altos. Para él fue acogedor tener un tinto al lado de los cuentos de Maupassant. El doctor Pantoja decía: “destapas el corcho y la creatividad también”. La copa le dio un beneficio, dejar de sentir, aunque fuera por un momento.

 

Al salir de una conferencia en la Universidad de Madrid, pasó a la tienda Paellas y Setas, compró una tortilla española y una botella de vino blanco. Encendió un cigarro y se dirigió a casa; al llegar se encontró con dos cuerpos desnudos en la sala principal, Ana Sofía y Julio. A su camarada le reventó la botella en la nuca y a su esposa le escupió en la frente repasándola con una bofetada. La tumbó, Ana Sofía lanzó un grito desesperado: —Doctor Fausto ¿Tú crees que yo soy la del Toboso? Ni siquiera mi familia te soporta. Acabas de asesinar a tu mejor amigo. Sesuda mierda. Ésta es la quinta vez que Julio te suple como amante. Lárgate profesor de cuarta. Has sacado de mi vida a mis amigas. Nadie te quiere.

Después de la escena, se abrió la puerta a la decadencia de Luis, emprendió su desaparición, de Madrid a París. Se fue con el sentimiento del genio incomprendido. Rentó un departamento sobre la calle Rue des autres, fue contratado en La Sorbona para impartir una clase y, a la par, escribía en su cuarto un nuevo libro sobre los cometas. El doctor se olvidaba lentamente de la etiqueta y de la pulcritud, sus largas barbas estaban contaminadas por el tabaco, la afectación del licor se veía en las conversaciones con sus colegas, estaba mermada la lucidez; caminaba solitario por los parques con la anforita en mano, usaba una levita grisácea, zapatos de gamuza color negro y al poco tiempo necesitó estrenar unos anteojos. Antes de regresar al departamento, pasaba por su amante Christine al prostíbulo La Ligne. Luis decía que era la mejor musa de la inspiración que había conocido, bastaba con ver sus carnosos labios para imaginarse la superficie de la luna. La economía del doctor permanecía estable, lo andrajoso sólo era una nueva apariencia, poseía lo que ahorró en España y los ingresos de la academia. Estaba perjudicado, pero seguía disfrutando la comodidad.

Las favorables circunstancias le duraron diecinueve meses hasta que lo corrieron por presentarse recurrentemente con aliento alcohólico a sus clases. Esto lo orilló a buscarse un cuartito que pudiera solventar, sobreviviría de la liquidación y de sus ahorros.

Encontró sitio en un barrio lejano al centro de la ciudad. Veía volar sus billetes entre baguettes, prostitutas y alcohol. Luis Gerardo por las mañanas tenía una detestable apariencia, se mostraba pálido. Tenía cincuenta y cinco cuando empezó a deformarse, la joroba asomó la cabeza, sus arrugas parecían profundas grietas, las uñas contenían tierra, el aliento dejaba estela como de camión de basura; cada día se enjutaba más y sus huesos se debilitaban cada segundo. Violentaba las calles de París, en las fondas aventaba los platos si la comida fría llegaba fría, salía a empujones del mercado en el intento de robar cerveza, invitaba a su cuarto a los travestis, se acostaba en la banqueta cuando olvidaba que tenía donde dormir. Le dio por acosar a las mujeres que pasaban frente a él mientras bebía café y anís sentado en una banca, con aires megalómanos.

  • — Oiga, usted, la de la faldita. Venga a tomar asiento sobre mis piernas; siguen siendo tersas como los jardines de Versalles. Ríndale todos los honores a la reencarnación de Felipe V, que soy yo, que soy tan animoso como en aquel entonces.
  • — Vaya a ducharse, Felipe V.

Después de veintiún días, su capital le permitía comprar solamente tres bolillos por día y el alcohol más corriente en envases de cartón. El último día del año le pagó a su arrendador con la cama, el escritorio y sus vestidos. Fue dispuesto en la calle con una navaja amenazando la yugular.

En la madrugada encontró a un grupo de clochards alegres festejando el año nuevo, mientras brindaban con alcohol etílico. Luis se presentó como el descendiente directo de Pablo Picasso, y presumía ser el más reciente premio nobel de Física. Le gritaban: ¡Pablo, Pablo, cuántos segundos lleva el año! ¡Haz un autorretrato, hoy te ves muy bien! El doctor enfurecido comprobó su teoría sobre la maldad de la sociedad. Así que formó su nuevo hogar en la esquina de la plaza central, sobre una coladera para calentar los pies. Ahí pasó su último año de vida, hurgando en los basureros y robando el licor de los indigentes aledaños. Con seguridad se jactaba de ser un genio afamado y reconocido en todo el continente europeo, cantaba de memoria y a todo pulmón la Odisea, con un pedazo de carbón resolvía nuevas ecuaciones sobre el pavimento, dormía dos horas y volvía a beber. A las doce de la tarde elevaba plegarias a la Virgen de Montserrat, no recordaba bien las jaculatorias, así que creó una oración y la memorizó, en el verso final suplicaba la abundancia de alcohol para las noches de frío:

Señora Nuestra, la de todos mis respetos, vuestro hijo ha sido un justiciero. Mis alabanzas son para usted, la que sí escucha, la de todos mis respetos. Mi suerte ha sido colocada en la alcantarilla, aquí donde duermes conmigo, donde el gélido viento me quiere secar. Tengo certeza que es capricho de vuestro hijo y más nada, más nada. No tengo algo por hacer. Socorredme, negra Señora. Por el reconocimiento que hoy te hago, un favor te pido, acomoda siempre al lado mío una botella de licor para con vida despertar.

La última botella de alcohol del noventa le supo a soberbia intelectual. Ya no necesitó otra gota más. Sus neurotransmisores sufrieron daño irreversible, veía cometas rodeando la Torre Eiffel, en las madrugadas de insomnio lo atormentaba un soliloquio refutando a Fibonacci, besaba las farolas sintiendo a la señorita Di Verdi. Una vez más, estaba en una realidad alterna, ahora se percibía como aquel docente de la Universidad de Friburgo; vivía cierto de ser un iluminado, un sabio y profeta. La gente pasaba ofreciéndole pan, vestido, agua, y el doctor contestaba con altanería: ¡Llévate eso! ¡No lo necesito! ¡No sabes a quién se lo estás ofreciendo! Arrojaba las monedas de vuelta, rechazaba al que se acercara y los veía con desprecio. Se escondía para comer lo que robó del basurero y se repetía: Qué vergüenza me da la gente, es estúpida, siempre con gestos puritanos y actos generosos para sentir la buena obra del día. ¡Le estiran la mano a Pablo Picasso! Como si tuviera un problema. Que ayuden al que ya no puede.

Once horas después de su último trago comenzó a entumecerse todo su cuerpo, le temblaba la mandíbula, escuchaba la voz de Alonso Quijano diciéndole que venía por él. Veía a Julio con un bebé en brazos. No podía detener el vómito de sangre. Sentía cómo sudaba con la misma fuerza que necesitaba para sacar de sí el espíritu. Perdió la vista, se le apagó la mente. Los órganos se le reventaron y, finalmente, exhaló. Tuvo como féretro la coladera. Entonces, me acerqué a ver su cuerpo y formulé un epitafio decoroso: “Nuestro amigo, siempre tuvo la razón”.

 

Hacerle trampa a la vida

          El escenario estaba montado mucho antes de mí. Las montañas honrando y respetando a los ríos, las cuatro estaciones con el tiempo estipulado, la unión del hombre con la mujer, las necesidades naturales básicas. Como valor agregado, la cultura en la que me crié, las tradiciones que practiqué. Por más que utilice la creatividad, estaré regido por ciertos cánones, por los paradigmas en mi inconsciente; me he revelado y lo único que aparece es la comprobación de que existe lo que yo he negado. Religiones, formas y modales; virtudes y defectos, muerte y quién sabe qué. Todo hecho. Indudablemente, en toda la urbe y tras la mortaja, yo siempre seré un cualquiera.

No está mal serlo, mientras encuentre una nueva visión que me acomode. Primero, elegiré mi nombre, de Pedro cambiaré a Giovanni —por el buen Papini—, aunque, ¿Giovanni López? Suena a beisbolista. Mejor, Luca, Luca López. Voy a dejarme la coleta, comprarme algunos sacos combinables con pantalones de color, dejaré el tabaco y colgaré la insignia de la mañana frente a mi cama: el párpado de un ojo —fabricado por el hombre, claro—. Me recordará que en cuanto despegue el mío al despertar, no existe tiempo para quejarme, sólo soñando tengo chance de rezongar. Ése es mi plan de vida, desde mi propia voz hacer lo que se me hinche, diseñando a placer una óptica personal.

Esos fueron mis pensamientos en los andadores de San Cristóbal de las Casas; a mi estrategia la titulé: “Hacerle trampa a la vida”. Inicié el combate con la existencia a los veinticinco años y héme aquí a los setenta y dos en un tren hacia Varsovia, viajando bajo el nombre de Luca López con la joie de vivre. Hoy escucho el vitoreo de la naturaleza, veo de cerca la constante victoria, no hay orden ni sincronía, simplemente gané. Gané todas las batallas a las que acudí, por jugarle a ser el general de mi propia vida, he sido tutor y consejero de Luca, todo embate lo coloqué yo. Te platico a grosso modo la historia de un ser humano atrevido, la del Bonaparte de la creatividad. La mía.

La infancia fue encantadora. La adolescencia aburrida y podrida en miedo, sin talento. Conociendo los veintes no me cayeron más que sinsentidos. Vida rutinaria hasta en el amor, cortejé a cuantas pude, estudié etimologías y celebré un doblete de graduaciones; mis normas eran las de la parentela, actuaba con plausibles interpretaciones de otros personajes. Pensaba tal y como me dijeron que lo hiciera. La evolución despertó al transmutar la religiosidad en espiritualidad, los límites por fin los poseía, yo los reglamenté. Me conecté con el aullido del alma, descubriendo dentro de mi pecho todo lo tocante a la libertad, equidistante al conjunto de cuadros sociales. Regresé de Chiapas para conocer la diversión, al pisar el hogar de siempre salí de él, me instalé en una cabaña en el borde del pueblo y la ciudad. Modifiqué lo que estaba a mi alcance, escuchando la petición del niño encantador que un día fui. No remé contra corriente, me hice caso y nada más.

Fui zapatero, trovador, cocinero, mesero, escritor, empresario, arquitecto, escritor otra vez, mesero de nuevo, actor de teatro y monje. En ese orden. Hice lo que quise. Me alejé indefinidamente de distintos círculos de gente. Me rompieron el corazón y lo volví a abrir. Conocí toda corriente filosófica, usé herramientas espirituales de variadas culturas, leí poco; es probable que a nadie sorprenda mi currículum, una forma de vida -no tan común-, pero corriente. En mis manos no podía tomar la reconfiguración de las posibilidades que existen. El truco, silencioso y por debajo del agua, se desenvuelve en mi verdadera profesión: ser creador de circunstancias durante todos los días de mi vida. En todas las locaciones pisadas, en el eterno presente, ajeno a cualquier derivada del “después”. Estaré siempre listo. Abierto a imaginar, para después concretar hazañas diariamente.

Como un niño, olvidé el significado de “verse raro”. En el tráfico cotorreaba con los coches vecinos. A los policías les abría un telón para que actuáramos como detectives, les apuntaba con los dedos simulando una pistola, abría la boca sacándoles la lengua y ponía los ojos al revés. De zapatero cambiaba el color de los zapatos de mis clientes, les enredaba las agujetas del derecho con el izquierdo justo en el momento que el periódico se cerraba; limpiaba sus empeines con un mousse hecho al ajo. Cuando trovador, aberración musical. Como escritor, deslenguado. En las artes culinarias, ya sea en los cuchillos o en la charola, picoteaba los cachetes de mis colegas y de los comensales, disfrutaba decorar los platillos con una carita triste hecha de mostaza; no aceptaba propinas, en mis descansos escribía. Hasta desarrollé un tipo de meditación para los peladores de papas.

—    Señores y señoras, peladores de papas, entramos en estado meditativo para mandar lo mejor de nosotros a los tubérculos. Respiren hondamente, tres o cuatro veces. Vean fijamente la textura de las papas, siéntanlas sin tocar, y respiren profundo. Huelan sus polos, huélanlos bien. No tengan miedo y toquen su sien. Miren el cuchillo, pónganle cara a la patata, que sea la cara de una santa y reciten nuestro estribillo:

Mil disculpas, mi patata.

Gracias siempre a tu familia.

Gracias siempre a tu familia.

Mil disculpas, mi patata.

La empresa que levanté se dedicaba a capacitar a los adolescentes para ser autodidactas, tuvo gran éxito, del tamaño de construir refugios en cada municipio de la ciudad. Si miras el imponente puente que conecta Acapulco con Toluca, podrás comprender lo que fui de arquitecto, es broma, no fui arquitecto. Y tampoco actor de teatro, o bueno sí, con mis amigos que dirigen el tránsito. Fui todo lo que me planteé.

Entré al monasterio cuando quise revivir el pasado, manipulado por Leonor, una señora mayor que fungió como novia. Escribí los relatos de todos mis amoríos con sus respectivas aventuras; mientras los monjecitos repetían mantras o estaban en silencio, yo hacía poemas sobre las piernas de Leonor. Recordé las variadas formas que ideaba para conocer mujeres; con ellas también fui actor de teatro, aunque honestamente amoroso.

A era un enigma andante, la conquisté haciéndole acertijos; B quejumbrosa, nos enamoramos en el desierto del Sahara a unos cuarenta grados centígrados; C con ahínco intentaba ponerme celoso, le recitaba poemas eróticos; D vivió unos años conmigo, todas las mañanas la despertaba bailando “El baile de la trucha”. Enjutaba los hombros, pegaba los brazos a mis costados, juntaba las piernas con las puntas de los pies mirando de frente, y me aventaba a la cama tal y como una trucha.

E era muy silenciosa, su risa estremecía toda la avenida cuando yo salía de casa disfrazado de arlequín. F, G, H, I, J eran mis vecinas, llegué a tocarles la puerta diciéndoles que quería pasar y ver una película a su lado. K, L, M, N me vieron en el gimnasio comiendo hamburguesa mientras sudaban la gota gorda. O fue mi romance en el súper, aparejé mi carrito al suyo e iba introduciendo los mismos productos que ella escogía; claro, viéndola sospechosamente de reojo y con una cínica sonrisa. P y Q recibieron flores cuando me fueron infieles. Roberta ¡Ay, Roberta! Amor de mis amores. El conglomerado de creatividades con ella, la procreación de dos chamacos ¿Por qué con ella? Porque no se tomaba en serio, hacía parodias mías, se disfrazaba, era simple y natural. Me veía de reojo y soltaba la carcajada. Desde que despegaba el párpado nunca se quejó. Hacía ejercicio por salud. Aceptó como vivienda una cabaña en el bosque, poco orgullosa, suelta. Una mujer sin tapujos, sin represiones, como una niña, hacía lo quería. Sabía vivir. Por eso, con ella me quedé.

Hemos llegado a Varsovia. Me conviene cerrar la libreta y correr hacia un parque con mis hijos. A continuar jugando. No he sorprendido a Roberta hoy, fingiré que me caigo a las vías del tren. Si se enoja, ya verá la sorpresa al anochecer.

 

 

Monseñor Zaratustra Ibáñez

Llegada

Era de madrugada. Renato había andado demasiado sobre el Camino de Santiago. En una bifurcación tomó hacia la derecha. Vio una puerta color marrón con letras blancas enfiladas en la parte de arriba. Se acercó y jaló varias veces el badajo de la campana incrustada en la pared del lado izquierdo. A los pocos minutos divisó la sombra de una figurita chaparra que se acercaba a la entrada.

EL CURA. —¡Ya voy, hijo mío! No encontraba mis chancletas. Con este frío siento que mis cachetes quieren alcanzar a mis orejas y viceversa. ¿Vienes de parte del Monseñor Ibáñez?

RENATO. —No. Busco alojamiento. Veo que usted es padrecito. Tenga caridad. Mis piecitos llevan varios kilómetros caminados y, a falta de luz, me perdí. ¿Este lugar acepta visitas? Puedo pagarles la estancia. Sólo necesito dormir unas cinco horas para continuar con mi camino. También, un pedazo de pollo, si es posible. Mis tejidos necesitan proteína. Me da vergüenza ser un pedigüeño.

EL CURA. ­—Claro, hermano. Pasa. Ven, sígueme. Vamos a la sala principal. Prepararé té caliente. Es necesidad explicarte algunas cosillas; deberás firmar un papelito y atenderte al horario de la casa.

RENATO. —¿Al horario? Nada más présteme una cama. Les pago. Poco, pero será un gesto.

EL CURA. —Mira hermano, tenemos este ejido como santuario. Quiero decirte que practicamos algunas reglas que deberás seguir, ya que tu visita tendrá que durar hasta las diez de la mañana porque el desayuno lo sirven los cocineros a esa hora, y me dices que quieres pollo. Este lugar tiene una peculiaridad: vivimos en completo silencio. Falta poco para que mi campanilla se eche un clavado en mi tráquea. De ahora a que te retires, no uses la voz.

RENATO. —Quédese tranquilo. No emitiré sonidos.

EL CURA. —Estoy tranquilo, hijo mío, pero gracias. Yo soy el encargado de la casa, solamente hablo cuando se acerca un nuevo inquilino, por costumbre enviado por el Monseñor. Eres privilegiado de llegar sin haber tenido la encomienda. Habitamos este paraíso tu servidor, dos monjes, Enrico (un adolescente) con su mamá Yolanda, Gerónimo y Jerónimo (los cocineros gemelos), la señora Strauss y el hermano Yemen.

RENATO. —Suena internacional el monasterio.

EL CURA. —Pues, ni es internacional ni es monasterio. Dormimos en cabañitas. En un momento te muestro la tuya. Está detrás de los matorrales. Verás que es un espacio amplísimo y natural.

RENATO. —¿Enrico? ¿Strauss? ¿Yemen? Me suena internacional.

EL CURA. —Está bien. No es internacional. Te conduzco a tu cabaña. Gracias por permitirme servirte y atenderte. Te mostraré lo que sea visible del lugar e iré a tender tu catre ¿Quieres más agua?

Llegaron a la cabaña. El cura sosteniendo el brazo de Renato. Era un espacio rústico con olor a copal; en la esquina una chimenea fabricada de ladrillos, un catre como cama, y un baño autosustentable sin escusado. El encargado de la casa, aunque por el momento había sido amable, esculcó la mochila de Renato, sacó los cigarros y un libro de Arturito Schopenhauer; casi todo lo que traía fue a dar a una bolsa de plástico, el cura la ató con recato y mañosamente. Renato estaba desconcertado, dónde había parado por sueño y hambre. Vio que el cura sacaba de su casulla una varita de eneldo, un huevo con el que acarició la almohada, y una pequeña cruz que dispuso en el buró; continuó con el reglamento.

 EL CURA. —Nuestro lugar se caracteriza por tener vibras positivas. Los que duermen en estos techos necesitan ser purgados. No hay vicios ni lecturas prohibidas, todo aquí es limpieza y tu mente huele a mi basurero. De hecho, tengo que cortarte la coleta y dejarte casquete corto. Perdona que interrumpa tu libre elección, son designios del Monseñor. Cuando te vayas regresas a tu encantadora vida. Seguirás tomando fotos para presumir que estuviste en El Camino. No te atrevas a tomar una aquí. Lo bonito es que ya tienes una bendición: no pagarás ni un morlaco. Saca las tijeras y el rastrillo del cajón, por favor.

RENATO. —¡Qué bendición! Voy a parecer padrecito. Creo que con mi oportuna visita a este santuario estoy listo para que me abran las puertas de los cielos. ¿Ha leído Las Confesiones de San Agustín? Ahora soy como él. Bendito sea San Miguel Arcángel por este milagrito; tanto le he suplicado. Oiga, padrecito, ¿en cuánto tiempo podré dormir? Me quedan cuatro días por recorrer para llegar a Compostela y ya veo sombras.

EL CURA. —Ni es internacional ni es monasterio ni soy padrecito. Eres un hombre sarcástico. Tendré que convocar a mis hermanos para hacer oración por usted. La señora Strauss vendrá a despertarlo cuando cante el gallo. Antes de dormir, dé gracias. Dormirá cuatro horas en un catre cómodo y caliente. Si sufres una tentación cuando yo me vaya, recuerda que no hay cortinas en la cabaña, para eso la construimos con largas ventanas; cualquiera podría contemplar tu acto pecaminoso. Te recomiendo salir corriendo entre los árboles si eso sucede, antes de que caigas, se sacudirán los pensamientos. No querrás hervir en las llamas eternas ¿verdad?

RENATO. —No se preocupe. Estoy agotado. Agradezco sus atenciones, hermano cura. Por cierto, no me ha dicho su nombre. Quisiera lanzar una plegaria por usted de igual manera. Veo que aquí no existe intimidad y todos hacen oración por el prójimo. Qué empatía. Lástima que nada más los conviviré hasta las diez de la mañana.

EL CURA. —Quedas instruido para una digna visita, no puedo hablar más, reinicia mi voto de silencio. Te recito un poema para reflexionar, beneficiará tu salud mental: Lejana y sombría ciudad; no, no, no, no. Lejana y sombría comunidad. NO, NO, NO, NO. Mi lejano sombrero cuidad… ¿Cómo iba? Bueno, no recuerdo, estoy cansado. Sólo te comento que este lugar es para elegidos de Dios que es misericordioso, y…

 

Renato no conciliaba el sueño. Había sufrido una confusión mental parecida a cuando te comes un platillo y a ciencia cierta no sabes si verdaderamente lo comiste. No se atrevió a reclamar, sus ojos forzaban cerrarse. Tras una hora de intentos, logró dormir. Entre sueños comenzó a escuchar cánticos africanos. Se percató de que ocurrían en la realidad y muy cerca de él. Habló para sí mismo: me dijeron que era un espacio de absoluto silencio ¿Alguien habrá roto las reglas? Yo no sé si el silencio incluye ciertos ruidos. Voy a ir a decirles lo que el cura me pidió.

 

 

Padre Nuestro

Se puso sus babuchas favoritas, las únicas que tenía. Sacó de la mochila abierta una chamarra y salió para darse cuenta de lo que estaba a la intemperie. Mientras más se acercaba aumentaba la certeza de que estaba acompañado. Vio a un grupo de personas tomadas de la mano formando una rueda; dentro del círculo, un par de encapuchados instrumentando las voces que salían de cada gorgorito, uno con pandero y el otro con tambor. Caminó hacia allá.

TODOS. —¡Baba Yetu, Yetu uliye! ¡Mbinguni yetu, yetu, amina! ¡Baba yetu, yetu, uliye! ¡Ku-Jina lako elikuzwe! ¡Utupe leo chakula chetu… Makosa yetu, hey!

RENATO. —¿Qué está pasando? ¿Dónde está el cura? Este es un santuario que promueve el silencio, amiguitos. Respeten, por favor. Dejen de cantar, no me dejan descansar. ¿Conocen el reglamento?

TODOS. —¡Baba Yetu, Yetu uliye! ¡Mbinguni yetu, yetu, amina! ¡Baba yetu, yetu, uliye! ¡Ku-Jina lako elikuzwe! ¡Utupe leo chakula chetu… Makosa yetu, hey!

Renato padecía dermatitis nerviosa, la piel se le empezó a llenar de ronchas rojizas. Cerró los ojos y desesperadamente se rascó las sienes. Los encapuchados dejaron caer sobre el pasto los instrumentos, se acercaron a Renato. Cada uno lo tomó de un brazo y con tono apenas perceptible le cantaban al oído: —Baba Yetu, Yetu uliye… Mbinguni yetu, yetu, amina—. Giró la cabeza y no pudo creer que el cura también fuera un eslabón.

RENATO. —¡Ey! Padrecito, venga para acá. Estoy enloqueciendo. Deme una explicación y quíteme a estos monjecitos; sé que cantan hermoso, pero quítemelos. Todos son unos bandidos, están desafiando la tradición del Monseñor. Cura, ábrame la puerta, no quiero estar más aquí. Me voy.

EL CURA. —Hermano, no comprendo tu paranoia. No reproches. De todas maneras, después de las dos de la madrugada, el portón no se abre. Tendrás que esperar hasta después del desayuno. Además, te estarán rugiendo las tripas en poco tiempo. Pareces iguana ¡Estás verde! Deberías dejar el café, hermano. Acuérdate que eres elegido y que…

El cura se marchó sin decir más. Fue la señal para que todos fueran a descansar, y un recordatorio, despedirse del invitado por educación. Uno a uno, en voz baja, le desearon las buenas noches a Renato.

SEÑORA STRAUSS. —Un alma salvaje que viene de la guerra…— Le dio un beso al hijo de Yolanda. Dio media vuelta y caminó a su cabaña.

ENRICO. —Descansa, Señora Strauss. Hoy dormiré en las literas de los monjes. Mamá, ¿podrías llevarme a la cama el té de cuachalalate? Bienvenido, Renato, he escuchado el crepitar de la fogata desde mi sueño…

YOLANDA. —Claro, hijito. Descansa, Renato. Llevas por nombre…

GERÓNIMO y JERÓNIMO. —¡Buena noche, renacuajo!

YEMEN. —Baba… Yetu. Yetu… Uliye. Es la significao que se la da…

MONJE UNO. —Namasté.

MONJE DOS. —Namasté.

RENATO. —No me lo creo. No me lo creo. No me lo creo. Tan tranquilito que estaba. Buenas noches a todos. Espero que ninguno despierte.

Extrañísima vivencia para el nuevo miembro. No había alguien que concluyera las frases, como queriendo despertar el misterio para dejar volar la enseñanza. Parecía una costumbre el amaestramiento, o los consejos que cualquiera se puede enchalecar. Renato olvidó todas las preguntas que salieron tras la escena; con temeridad fue a la entrada para escapar, acto imposible, ni saltando podría. Un cerdito pasó corriendo y gruñendo a su lado, situación que lo regresó como rayo a la cabaña. Durmió un par de horas. Casi al segundo de que el gallo cacareara, la Señora Strauss le movió la cabeza con cierta ternura, puso la palma sobre su nuca y el dio un beso en la boca.

Buenos días

SEÑORA STRAUSS. —Buenos días, mi cazador. Levántate, mi cazador. Sé que no te quedarás a vivir con nosotros, pero todo el que llega a dormir -aunque se vaya-, necesita hacer un rito de iniciación. De no hacerlo, tendrás siempre al pajarito de la culpa, diciéndote que algo falta. Mi esposo, escapó de nuestro santo espacio; hoy vive corroído por la angustia y dicen las buenas lenguas que es paciente en un psiquiátrico de trastornos irreversibles. Pobre de él, desde chico ha tenido amigos imaginarios, confundía la sopa de verduras con una pecera. Solía llevarme a caminar los domingos a orillas del lago y aseguraba que los reflejos de los abetos eran balsas de madera. Su santísima madre creía en los espíritus -como yo- y el médico decía que de ahí venía el trauma de mi chiquitín. De hecho, tengo que platicarte, al terminar la cita en la hoguera conocí a un espíritu en mi cuarto, me leyó a Proust para que conciliara el sueño. Era tan guapo…

RENATO. —Señora, mi cerebro está listo y lúcido para que siga platicándome, en especial, sobre espíritus agraciados. Momento oportuno para conversar. Gracias por la confianza de darme un beso con tu aliento mañanero, mi besucona.

SEÑORA STRAUSS. —Eres un hombre sarcástico. Convocaré a mis hermanos para pedir por ti. No más besos, por ahorita, mi cazador.

RENATO. —¡No! No lances la convocatoria ¡Por favor!

SEÑORA STRAUSS. —No te entiendo. Bueno, mientras te explico lo que tendrás que hacer en el ritual de iniciación, tiende tu cama y quédate desnudo, es parte del juego. La primera actividad es salir caminando desnudo por los jardines. Caminaremos entrelazados del brazo hacia el campanario. Al llegar, algún monje quitará el candado para que podamos entrar. Tú deberás pedirle que nos abra. Te daré la bendición, un beso y subirás a solas las escalaras. Al topar con las campanas, jalarás fuertemente los badajos, todos nos presentaremos al jardín-. Frente a todos nosotros -que estaremos mirándote desde abajo-, gritarás, gritarás tus peores miedos y después nos narrarás el peor crimen que hayas cometido.

RENATO. —Tú representas mis miedos, señora. Cumpliré, a sabiendas que ustedes se burlarán de mí, no me interesa qué dirán. Escúchame, besitos, nunca he cometido un crimen. ¿Por qué tengo que hacer esa marranada? ¿No deseaban el silencio? ¿Qué pasa si rompo la reja y le pongo un sopapo al cura?

SEÑORA STRAUSS. —¡Shhh! Escucho los pasos de Enrico. Vístete o se pondrá celoso. Cuando subas al campanario te vuelves a quitar todo para lanzar tu grito de paz.

ENRICO azotando la puerta. ¡Renato! Me encantó dormir contigo y la suavidad de tus pies. ¿Repetimos esta noche?

RENATO. —¿De qué hablas, cabrón? No hay más noches. ¿Dormiste aquí, marica?

ENRICO. —¿No te acuerdas? Moría de miedo. Los monjes hablaban en arameo mientras dormían. Lo poco que entendí fue que querían matar a mi madre, y Yemen se la comerá asada.

SEÑORA STRAUSS. —Enrico, yo soy tu madre. ¿Será que me harán tasajo? ¿Por qué nunca sospeché de ellos? El otro día los vi muy platicadores con los cocineros; seguro estaban planeando mi asesinato. Algo me decía que hablaban de mí, ¡sí es cierto! Hasta leí perfectamente sus labios diciendo: TA-SA-JO. ¿Será que ya pusieron las trampas? ¡Corran! Ya tocó la campana Yemen.

Los tres salieron como torpedos, Renato tropezándose a medias. Llegaron al jardín del campanario. Yemen soltaba flechas; una de cada veinte daba en el mero centro del tronco de un cedro.

YEMEN. —Renatíco, ¿Viste cómo le atravesé el corazón a ese pajarraco respondón?

RENATO. —Sí. Qué buen pájaro. Hasta tenía la figura de un árbol. Tan furiosa y robusta ave.

YEMEN. —Así es, mi hermaníco. Ahora, sube al campanario. Antes de salir al arco donde gritarás, despréndete de tus trapícos. Es parte del hermoso rito. ¿Tú crees que estos músculos salieron solos? Ah, no, no, no, fue por mi obediencia hacia los mentores del santuario, mi hermaníco.

RENATO. —Ah, ¿entonces me quito la “ropíca” hasta ese momento? Admirable obediencia, “mi hermaníco”. Seguiré al pie de la letra su sabiduría y me verán desnudo, física y espiritualmente—Renato baja la cabeza y va directo al campanario, al parecer, sin pizca de miedo.

SEÑORA STRAUSS. —Yemen, ¿no se te hace que el nuevo inquilino sufre de algún trastorno mental? Lo percibo como fuera de la realidad. Me asustan sus reacciones déspotas. No se da cuenta del bien que le hacemos alojándolo y regalándole el ritual. ¿Será que a su mamá se le cayó de los brazos? ¿Se hace el indiferente porque sabe que ya se irá?

YEMEN. —No lo sé. Pero mira al Enrico, a su mamacita le pasó eso y él está perfecto.

ENRICO. —Lo mismo digo yo… Sí… Lo mismo digo yo.

 

 

 

Menjurje de los dioses

GERÓNIMO. —Jero, pásame el azahar, un peyote, pimienta, dos gajos de naranja y un diente de ajo. Por favor.

JERÓNIMO. —Claro, Gero. Lo único que no tenemos es el ajo.

GERÓNIMO. —Bueno, entonces pásame otro peyote.

JERÓNIMO. —Y ¿las hierbas?

GERÓNIMO. —También, le ponemos una varita para sazonar.

JERÓNIMO. —Cuando termines de hacer el menjurje ponlo de este lado. Voy a marinar el jamón de los huevos. Nuestro invitado degustará de alimentos celestiales, enviados por nuestro dios y por la Madre Naturaleza.

GERÓNIMO. —¿Vas a marinar el jamón de los huevos? O ¿vas a marinar los huevos del jamón? O ¿vas a marinar al jamón de los huevos? O ¿vas a poner los huevos en el jamón?

JERÓNIMO. —Tú revuélvelo, Chistín, en lo que vuelvo. Iré a ver si cerré las llaves de la regadera, escucho el goteo. Estoy nervioso…

GERÓNIMO. —¿Cómo? Es doña Yolanda bañándose… ¡Jero!

 

Grito de paz

Eran las nueve de la mañana cuando Renato subía las escaleras del campanario, desnudo. Lo único que se repetía era: cumpliré, me alimento, y me largo. Estaba a punto de colapsarse. Nunca hablaba en público. Sentía que no podía respirar. Se veía pálido y muerto de frío, una parte de su cuerpo lo delataba. La situación le recordaba el ataque de pánico en casa de sus suegros. Se empoderó y motivó imaginando el almuerzo que en Compostela le esperaba: pulpo a la gallega con una limonada fresca y café. Llegó al arco y se asomó. Todos lo ovacionaban: ¡Renato! ¡Renato! ¡Renato! Los espectadores estaban eufóricos. Formaban un círculo perfecto y volteando hacia arriba. Sonreían. Querían que, por fin, Renato dijera algo. A ver cómo le iba de orador. Renato extendió los brazos y entonó el discurso.

—    ¡Hermanos! Yo soy Renato y soy hijo de Porfirio. Mi gratitud hablará ejecutando el rito de iniciación. Permítanme… Me han dado una calurosa bienvenida, siento que hubiera muerto de inanición e insomnio de no haberlos encontrado. Estaré eternamente agradecido. Lástima que tengo un cometido que cumplir hoy por la tarde en otro lugar, ubicado a veinticuatro punto ciento cincuenta kilómetros de aquí.

—    Pongan atención, les hablaré de los más hondos temores de mi vida, en esta hojita cree un poema titulado “Miedoso”. Se los recito:

A la muerte, al dolor;

tormentas y accidentes

Al rechazo, al abandono;

soledad y sentires.

A la injuria, a los gritos;

locura y violencia.

Al infierno, al pasado;

fracasos y éxito.

Al sermón, a la gente;

autoridades y brujas.

Al ruido, a la tarima;

poder y dinero.

Al llanto, a reírme;

amigos y familia.

A despertar, a dormir;

compromiso y amor.

A los vientos, al cariño;

vulnerabilidad y venganza.

Como ves, querida novia,

poco sé sobre la vida;

mucho futuro, poco disfrute

Nadie me enseñó a vivir,

todos me inyectaron temor;

y me pides que confíe en ti.

—    Me da miedo la muerte, no la agonía en sí, sino imaginar que no hay nada más allá. Me dan miedo las guerras, no el tiroteo sino tener que esconderme. Me dan miedo las mujeres, no por su persona, sino porque no quiero lastimarlas. Me dan miedo los mares y nunca me he metido. Me da miedo hablar frente a ustedes, no por ustedes, sino porque me trabo al hablar. Me da miedo ser yo mismo y no sé quién soy. Y hoy, les confieso, que a pesar de vivir con pánico: Nunca he cometido un crí…— Renato recibió un flechazo, de esos de Yemen.

 

YEMEN. —Muchachíco mentiroso.

Revelación onírica

Renato despertó tras el desmayo. Estaba recostado en un diván, su cuello sobre las piernas de Yolanda. Levantó levemente la cabeza; estaba en el comedor principal; tres largas mesas de madera formando un triángulo. De la entrada de la cocina colgaba el retrato de algún desconocido vestido con bata blanca. Las paredes eran color arena, entre las cuatro, un arco abierto. Las mesas eran separadas por una fuente, esculpida al detalle, el pez grande comiéndose al chico. Todos los miembros estaban presentes, comiendo y conversando en voz baja. Yolanda le acariciaba el pelo y empezó a sollozar.

YOLANDA. —¡Renato, Renato! Despertaste. Ya levántate. Desfalleciste por loco. Te dolió tanto que te tumbó. Es lo que le ocurrió a nuestro profeta. Creo que tú eres el nuevo. El futuro Monseñor. Sólo tienes que recuperarte. Mi esposo murió buscando un estado de conciencia elevado. Na más me queda Enrico; a Miguel y a Cervantino los aborté. Yo padezco de una enfermedad que se llama Rabialérica, no tiene cura, lo bueno es que soy la única en el mundo con ella. Por cierto, me gustaría casarme contigo. Llegaste para quedarte.

Renato se deglutía las cucharadas de huevo con jamón que Yolanda le daba. Comía confundido con los ojos semiabiertos.

RENATO. —¿De qué me hablas? Me recuerdas tanto a mi ma… ¡AH! Soñé con mi madre, me decía que era preferible mantener mi membresía en el club de pesca, que salir a la calle en busca de peces. Ojalá supiera interpretar sueños. Oiga, señora, ¿por qué quiere casarse con un hombre casado? Mi esposa me espera en Sevilla y…— Yolanda le da un sopapo en la boca.

YOLANDA. —¡Cállate! ¡Ruin! Prometiste amarme hasta el fin. Eres igual que tu padre, nunca me aceptó por quien soy. Recuerdo cuando el tipo me evidenció frente a tu familia diciéndome porcino. Sigue comiendo y escúchame. En este asilo quieren expulsarme. Dicen que me llevarán a un lugar mejor para mí.

RENATO. — ¿Asilo? ¿No es un…

 

Dieron las cuatro de la tarde cuando Renato retomó conciencia por segunda vez. Se sentía abatido y con calentura. Abrió los ojos y tardó doce minutos para empezar a ver sombras. Lentamente, se percató de su derredor; dedujo que estaba acostado en el pasto; reiniciaron los cantos de tribus. Al recuperar la óptima función de los ojos, se dio cuenta del hermoso paisaje. Estaba recostado en un jardín poblado de flora jamás vista. Levantó la espalda y vio a lo lejos a los de siempre dando vueltas alrededor de una escultura, era un ave roja con la cabeza apuntando al cielo. Se levantó y estiró. Caminó hacia el patiecillo. Él mismo cantaba en voz baja: baba yetu, yetu uliye… Al llegar, todos guardaron silencio.

RENATO. —El Monseñor vino a darme un mensaje. El Monseñor es mi padre. El Monseñor vino a darme un mensaje con mi madre. Ahora comprendo todo lo que ustedes me han enseñado. No quiero irme de aquí. Perdónenme por deshonrar el espacio. Mi primer crimen fue haberme intentado suicidar tragándome el pastillero de mi madre. La verdad es que todas las noches veo figuras inexistentes en los techos, entre sueños me vislumbro muerto y en el limbo, sufro de neurosis crónica. Creo que aquí encontré donde pertenezco, rodeado de pura gente iluminada, como yo. Descubrí hace un par de años la solución para nunca cansarte, andar de la mano del Señor. Nunca más vuelvo a ir en busca de peyote. Seguiré jugando a las damas chinas, aunque me hayan abandonado por eso. Espero ser bienvenido en este club y que tenga derecho a convocar para hacer oración. Ya saben que dentro del mazo ancestral…

 

Todos aplaudieron el divino milagro, se abrazaban y abrazaban a Renato. Gritaban efusivamente: Renato “el pundonoroso” ha resucitado. Seguían cantando el “Baba Yetu”. Yolanda le recordó su cita con Ibáñez, lo tomó del brazo y se dieron la vuelta rumbo a la casa principal. Tocaron la puerta de la oficina; salió de ahí una voz: —Adelante­—. Renato entró a solas.

El diagnóstico final

RENATO. — A su disposición, Monseñor.

DOCTOR IBÁÑEZ. —¿Monseñor? Estuve estudiando su caso. Ya tengo los resultados. No son para nada favorables. No me explicaba la razón, así que me tomé la libertad de marcarle a su ex pareja. Yo no sabía que usted había ido a la Sierra a consumir peyote días antes de llegar a la Institución.

RENATO. —¿Ella lo sabe? Hasta ahora me atreví a revelarlo frente a mis amiguitos. Monseñor, ella tampoco sabe que emprendí el Camino de Santiago, y menos que ahora soy parte del santuario. Ahora, ni es una Sierra ni es una Institución.

DOCTOR IBÁÑEZ. —Lamento que no me entienda. De todos modos, tengo la obligación de darle su diagnóstico. Usted tiene daño irreversible. Su ex pareja tuvo a bien liquidar el pago de estancia perpetua en la Institución. Oraré por su alma.

RENATO. —¡No! No más convocatorias. ¡Ah, verdad! No se crea, pillín… He aceptado que soy parte de las convocatorias, del santuario. Representaré honradamente la Institución, como usted le dice…

 

 

  La venda del halcón

          El míster llamó a su aprendiz. Con claridad le explicó la ruta para llegar al lugar de encuentro: —Pasando la primera hectárea con dirección al Rancho San Bartolomé, levantas la vista a la derecha y verás un dos por dos con letras moradas señalando el callejón de los amigos; es una callejuela empedrada y angosta. Al final, verás del lado izquierdo un portón color cobre. Golpetea la puerta unos cinco segundos, las ondas sonoras llegarán a mis oídos. Te abriré en lo que bajo del tejado.

Eran pasadas las ocho de la noche cuando el joven Pastrana llegó, y el míster lo condujo al tejado. Por fin se sentaron sobre el suelo, en puntos equidistantes. Los dividían unos leños recién encendidos que estaban rodeados por una venda perfectamente estirada. El míster no avivó el fuego por capricho; en verdad, estaba helando.

Pastrana venía de una caminata de hora y media, soportando las bofetadas del viento que de frente venían, entre pastizales cubiertos por lodo y personas altamente enigmáticas. La experiencia lo motivó a cuestionar a su maestro y le dijo: —Míster, ¿dónde escondiste la consideración? Poco faltó para que una jauría me devorara; me citas ahora, con urgencia y de improviso, pudimos fijar el punto medio. El maestro contestó: —¿Ya estás aquí o sigues caminando en la hectárea? Ponte esa venda en los ojos. Te guiaré por la hacienda. Ingenié una simpatía de las mías. Pastrana se colocó la venda, estaba a ciegas y se levantaron.

Bajaron por la nuca de la azotea, por una escalera en picada incrustada en la pared; se dirigieron al primer cuarto por un caminito inundado y el joven estaba cierto de que las piedras que saltaban a sus pantorrillas eran sapos esquivando la pisada. Llegaron y entraron, se sentía húmedo, había demasiado frío contenido, como si el aire tibio de la mañana no hubiera entrado por años. Se respiraba putrefacción y un curioso olor a roquefort. El míster, para mejorar la peripecia, le tocaba la cara con una vara de trigo y le rociaba la cara con agua casi congelada. El maestro le dijo: —Percibe todo lo que altera tus sentidos, cuando termines, quítate las botas y vamos al siguiente cuarto. Yo te sigo tomando de las manos, no temas.

Ya descalzo, lo condujo por el asfalto. Toparon con la segunda puerta y le pidió al joven que la acariciara delicadamente, era una puerta rugosa con alfileres; adentro, olores relajantes, una mezcla de tomillo con incienso, temperatura templada y se recostaron sobre un colchón con calidad de succionar cuerpos. El míster lavó sus pies, los secó y le puso unos cómodos calcetines de lana. Después, le colocó a la fuerza unos zapatos, el derecho en el izquierdo y viceversa. Salieron.

Caminaron sobre un corredor de alfombra con música orquestal de fondo, hasta llegar al penúltimo lugar. Un sauna. Ambientado por rock pesado a muy alto volumen, el míster gritaba como un loco, mientras Pastrana, sentado en un cubo de paja, esperaba quitarse la venda a la brevedad. Por seguro, el cuarto final estaría más ataviado, y así fue, aunque seguía con los apretados zapatos al revés. Llegaron al spa improvisado.

El aprendiz degustó una sopa de finas hierbas. Posteriormente, fue dispuesto en una colchoneta; el maestro masajeó sus hombros y cuello. El aceite con el que lo hacía lamentablemente era de brócoli con mostaza. Obviamente, Pastrana suplicaba un baño después del teatro.

Las botas fueron devueltas. Se encaminaron al tejado. Subieron de frente, por una escalera segura. Se sentaron. El míster encendió de nuevo la fogata. Le pidió que escuchara el crepitar, que respirara hondamente.

Le quitó la venda. Abrazó al joven y besó su frente. Sacó una hoja y comenzó a leer en voz alta: —Aceptemos que la oscuridad no desaparece como del anochecer al amanecer, no por puro deseo. El reto es aprender a sentirla; diseñando con creatividad la espera de la luz. Entonces hay luz al aguardar la luz. La realidad estará ambientada por el espacio y sensaciones que aminoren la pena. En la ansiedad podrá haber comodidad y fluidez; en el dolor, gozo. Dentro de ti se encuentran las herramientas para desarmar el miedo. Si existe pesadumbre en la mente, se baja al corazón, es decir, la sufriente vivencia se transforma liviana. Esto es una práctica. Aprender a dolerse. Escoger cómo subir o bajar de la tristeza. Ya estamos aquí. Frente a la vida. Revive el fuego una y otra vez. Haz el camino dentro de lo irremediable ¡Sé halcón, aunque una venda te cubra los ojos!

 

FIN

Gustavo Llorente

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