Y puesto que ya no le quedaba dinero en el bolsillo, excepto treinta y cinco francos, y mimado por el destino, según creía, y seguro de que todavía le habían de acontecer muchos milagros más, decidió -como suelen hacer todos los pobres y todos los bebedores- entregarse a Dios, al único en quien creía. – Joseph Roth

 

“Noche Vienesa” por Pedro Iturralde

Gélida noche en la majestuosa capital austriaca. Hace unos minutos, solo y miserable, tuve una revelación trascendental, uno de esos momentos que se guardan en la mochila de la vida. Permítanme presentarme, mi nombre es Alejandro, Alex para los amigos -si todavía los tengo- y soy adicto. Viena no sólo es ópera o palacios esplendorosos. Sus mágicas calles ocultan un mundo sombrío. Sólo hay que guiarse por el sonido de las risas y encontrarán los antiguos tugurios vieneses. Es aquí, en este oasis de suciedad y adicciones donde uno viene a perderse. O quizás, a encontrarse. Mientras los tarros fluyen con el pasar de las horas, me pregunto: ¿por qué a mí? No hallo respuesta, reflexiono y por fin comprendo el sinuoso camino de la vida. Sucedió algo que no quería vivir, pero esta noche, todo se alinea y adquiere significado. Hoy, después de meses, al fin regresé a casa.

“Deseos” por Chris Esquivel

Desearía que fuera tu piel la que estuviera encima de mí. Desearía que fueras tú todas esas personas que estoy obligada a besar y a tocar. Desearía que fueras tú quien poseyera mi cuerpo. Desearía que volvieras.

Pero soy una imbécil. Soy patética. Soy dependiente. Ojalá hubiera podido sostener el matrimonio. Si no hubiera abortado a nuestro hijo nunca habría caído tan bajo para tomar esas pastillas. Ellas me hacían sentir que él había nacido, que era real.

Si no me hubiera quedado sin dinero jamás habría recurrido al sexo como forma de pago para ese narcótico. A su vez, no me hubieras encontrado haciendo el amor con Alberto. Sólo así el cielo no estaría nublado. Sólo así mi mundo no se habría acabado. Sólo así estarías conmigo.

“Blanquita” por Ismael Quezada Martínez

Había estado postrado sobre la cama toda la noche, con ganas de nada, como aquel que ignora que lo bueno de tocar fondo es que solo se puede ir hacia arriba, ella tan esquiva, ocultada detrás del ropero iluminado apenas por la luz que atravesaba las cortinas, lo aguardaba pacientemente como cada noche en donde le acariciaba salvajemente la nariz, sin ni siquiera cruzar palabra, para tan solo adentrarse en él y ganar la batalla, para destruirlo de la manera más fría y solitaria posible, ¿a cambio de qué?, de una compañía indiferente y momentánea, aquella noche ella jamás se dio cuenta que por primera vez desde su llegada había perdido más que la batalla, él ya había ganado su maldita guerra, sin querer ganarla, sin luchar si quiera, rindiéndose ante la miseria del futuro predicho, era sin duda una derrota para todos, pero una victoria incomprensible para él.

“El beso de la muerte” por Ryusei Nishimura

Mi relato pronto adquirió la atención de esa multitud, no era mi vestidura, mi buen rostro o mi decadente manera de rechinar la quijada, era su belleza; magnificencia otorgada por mi dogmatismo. De cuerpos y versos pude embriagarme en encuentros incluso simultáneos durante décadas, pero jamás encontré adicción como ella. Atrapado en la profundidad de sus ojos, donde hasta el más inmaculado combatiría para nadar en lo desconocido. La alteración de mi olfato con su incursión, me brindaba esa virtud efímera donde era capaz de percibir el aroma a bergamota grabar mi paladar. El director de orquesta más dinámico opacado ante las melodías recónditas en mi memoria, sinfonías infinitas, vibrantes, que hacían bailar a mis demonios melancólicos; coexistí entre vehemencia y penuria a su lado, aún deseo la alquimia de sus labios, si la viese entrar por esa puerta en este momento, amigo mío, mi hálito sería suyo.

“El sueño” por Ariel Villa Lozada

Otra vez deambulo por la calle, sin objetivo en concreto; lo único que necesito es otra más, sólo una más. Es la quinta esta mañana, pero sólo una más. Las manos me tiemblan, no puedo acertar con la aguja, pero no importa el dolor, la necesito; empujo el émbolo hasta vaciar todo el contenido de la jeringa en mi vena. Cierro los ojos. Tengo sueño.

Ahí estoy otra vez, en aquel mundo hermoso, todo brilla por sí mismo; soy feliz, todos me conocen y yo los conozco a todos, la felicidad de estar ahí me invade, parece que por fin podré vivir como anhelaba desde pequeño; aunque a la mañana siguiente las calmadas aguas acompañan en su letargo mortuorio a ese vagamundo que sin más pertenencias que la ropa que lleva puesta aferra una jeringa usada y continua descendiendo hacia las rocas sin despertar.

“Historia de un hombre con culpa” por Par de Cuatro

“Lo que hago no está mal. Todos escogemos lo que queremos hacer con nuestras vidas. Y si eso era lo que ella quería hacer con la suya, es su problema. No fue mi culpa que ella encontrara en mí un atajo para lo que buscaba. Si no hubiera sido yo, alguien más se lo hubiera dado. Alguien como yo no es tan difícil de encontrar, ¿o sí? Todos los problemas que tenía, yo no los provoqué. La culpa es de todos los que la trataron mal, los que no la escucharon, ni se dieron cuenta de lo que estaba haciendo. Yo solo le di lo que ella me pidió, aunque fuera demasiado.”

Esas palabras las repetiría cada noche por el resto de su vida, tratando de convencerse de que la muerte por sobredosis de esa chica de quince años no la había provocado él por venderle drogas durante meses.

 “Uno más” por Daniela López

Un grito desgarrador agrietó el silencio a su alrededor, posiblemente Karina, su amiga, estuvo gritando por varios minutos, pero daba igual cuanto tiempo el escándalo durara; él no habría despertado de no ser por el agua helada en el rostro. Lo primero que Salvador vio, fue el rostro de su amigo bañado en vómito, descansaba a su lado y la piel pálida era fantasmagórica, de no estar seguro que era su mejor amigo, jamás lo habría reconocido.
Salvador sólo sentía una cuchilla helada clavándose en su estómago.
Ricardo siempre le pidió dejar la heroína y la cocaína, incontables veces trató de mandarlo a rehabilitación, pero nunca lo convenció. En cambio, fue Salvador quien lo metió al hoyo del que pocos logran salir. Y él había salido pero no de la forma apropiada.
Quería hacer algo y lo haría, pero después de un último toque. Sólo uno más.

“Callejón sin salida” por Paola Zetina

Otra vez  andando en este callejón sin salida, otra vez bebiendo esta botella que me quita el estrés pero aumenta mi ansiedad, otra vez fumando este churro que me lleva a un mundo de paz y soledad, otra vez respirando e inhalando esto que descubrí y nunca más lo he dejado ir. Otra vez aquí sin un camino que seguir. Este soy yo todos los días, todas las tardes y todas noches. No sé dónde amanezco ni donde permanezco, sólo sé que mi vida depende de estas sustancias que no me dejan salir de éste callejón obscuro, lleno de soledad y sin salida.

 “Párrafo a quien corresponda” por Axel Mendoza 

Cuanto más recuerdo a Hugo es que veo más lejos mi alta de la terapia, Hugo mi gran amigo. Todo comenzó en ese invierno, donde las calle anebladas nos invitaba a recorrerlas, a probar cosas nuevas, ese siete de enero no lo olvidaré jamás, luego de corroborar que en efecto nada nuevo se tendía bajo el árbol de navidad, Alex nos invitó a salir y aunque no nos dejaban verlo, no nos importó, a esa hora todos dormían; de su bolsillo sacó una bolsa con lo que parecía muérdago seco, la metió en una pipa, tomó un encendedor y nos enseñó a fumarla. Hoy Hugo ya no está conmigo, murió de una sobredosis, y de él solo me queda una historia que contar, el doctor me está esperando, pero solo me resta decir que de cada quien depende escribirle el final a quien corresponda.

 

 

Foto: freepik.com

 

 

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