Cuando un niño conoce el amor paga el boleto para una montaña rusa sin pista de frenado. Subibajas pronunciados y el pasajero de cabeza la mayor parte del tiempo. Es euforia e intriga. También, es deseo por algún día estacionarse, pero eso no pasa. Al menos que el de arriba de viada solicitando a cambio la renuncia irrevocable de compartir con una pareja. Mi historia no ha alcanzado suficiente desapego como para pedirlo. Tengo certeza de que ahora estoy en un tren, subiendo pausadamente por la colina que asciende, chocando las llantas contra los fierros de las vías, yo sin saber el después, ni la mano femenina que resueltamente empuje mi carrito en picada.

A los once años conocí a Andrea en Plaza Altavista. Pedirle el número de su celular fue el boleto para el juego mecánico, en el que he permanecido trece años dando vueltas desasosegadas a gran velocidad. Entre sobresalto y gallardía. Recuerdo que tiempo antes fui aprendiz de mis hermanos mayores, aprovechábamos los viajes familiares para echar la carne al asador en el asunto de la galantería. Me ponían retos. La costumbre era caminar hacia una mujer y recitarle cualquier cosa. Los segundos previos me retumbaba el corazón, la lengua se congelaba, sentía la invasión de los nervios; como objetivo fijaba la paga posterior: algunas monedas y el reconocimiento de mis hermanos. El punto es que me entrenaron bien para aproximarme a las mujeres. Fui precoz y despierto. Me empoderaba creer que tenía ventaja sobre mis compañeros de primaria.

El viernes por la tarde que me acerqué a Andy percibí un cosquilleo, parecido a querer casarme con ella de una vez por todas, normalísima sensación cuando conoces a alguien. Juraba sobre las sagradas escrituras que con ella moriría. Es verdad, todo eso sentía. Me envolví en canciones románticas, en la fantasía, y en la demostración de que nadie podría amarla más que yo. Le presenté a mis amigos, primero por subir al peldaño de la popularidad, después —pensaba yo— por pendejo; ahora todos le hablaban, se volvieron mis enemigos y de sopetón: los celos.

Eso vengo a contar, mi primera clase para aprender a relacionarme, el nacimiento de una experiencia que me amoldó bajo el yugo de la ansiedad y la confusión. Cuando me aferré a la conquista de un corazón escondido bajo la imagen de la niña más bonita que había conocido, Andy. Pelo chino y castaño, ojos enormes y miel, piel suave y asoleada. Como buena noticia: vivía casi como mi vecina, a unos veinte minutos a pata. Le agradezco a Andrea las incontables veces de rechazo, me fogueó. Hoy es pan comido si recibo un “no busco nada contigo” (Risa).

Ya con doce años, entré a sexto de primaria. Mi energía estaba concentrada en la rebeldía, en exhibir mi indisciplina dentro del aula, en el fútbol y, principalmente, en Andy. Tenía que volverla parte de mi rutina, ya no me dejaba razonar. Claro, todo lo hacía por amor. Atascaba la última página de mis cuadernos con letras evocando su existencia. Le enviaba mensajes ilimitados con singular disciplina y hábito. Cuando a las cinco de la tarde jugaba algún partido inter escolar, me dibujaba una A en el dedo anular. La idea era meter gol para festejar dándole un beso a la A, y después apuntar el puño al cielo. Se lo copié a Raúl González, futbolista del Real Madrid, él lo hacía con su anillo de bodas y lo mío no era distinto. Al salir del partido sacaba de inmediato mi celular para escribirle y dedicarle mi gol, aunque no hubiera metido. Aprovechaba para enviar una doble dedicatoria con alguna canción que me recordara a ella, quería que sintiera lo mismo que yo. ¡Cuántos detalles! Estaba obsesionado. Mi mundo giraba en torno a Andrea.

El primer fiasco escolar se desenvuelve en este año. Por las tardes embrollaba a mis padres para que me dejaran ir al club a jugar. Salía de mi casa directo al puesto de flores. Le variaba, a veces eran rosas otras girasoles, lo que no tenía alternativa era llevárselas a Andrea. Trotaba con ramo en mano, la respiración agitada y un sudor frío que evidenciaba mis nervios. Casi nunca salió a recibirlas, así que el buzón o el medidor eléctrico se convirtieron en soporte para arrullar las flores. Lo mismo se repitió con las cartas, peluches, discos grabados con música melancólica y dulces. Como dije, Andy debía entrar a mi vida, aunque no la viera. Desconocía el tema de ser ignorado, estaba firme en que un caballero sabe luchar. Ella se aferró a los pretextos para evadirme, yo a la astucia. Me juraba que no me contestaba los mensajes por falta de saldo, así que, cotidianamente, le enviaba un nuevo código con cien o doscientos pesos de crédito. Claro, lo hacía por amor a ella.

Su familia ya me conocía, hasta se habían encariñado de cierta forma conmigo, lo que no obtenía era la aceptación de Andrea. Pensaba todo el rato en ella, la perseguía en sus planes de viernes, comencé a ir a la misa que ella frecuentaba para verla durante el transcurso y yo arrinconado sin que lo supiera. Me enfermé de amor, abrí una cuenta falsa en Messenger, la agregué y me hice su amigo bajo pseudónimo; tras días de conversar, halagué a un tipo que acababa de conocer: un tal Gustavo Llorente, tipo conveniente para formalizar una relación. En otras palabras, desesperado busqué una ínfima apertura para que yo le gustara. Cada mes se ennegrecía más mi misión, lloraba viendo una foto suya que imprimí y me asfixiaba revisar mi celular cada minuto para saber si me había respondido. Necesité de un aliado, de un confidente, ese fue mi hermana; me prestaba dinero, me llevaba a casa de Andy, y también yo la cubría para que viera a su novio fenomenal.   Hubo confabulación, creatividad, amor, y Andrea no me hacía caso.

Cuando la veía mostraba desinterés por mi presencia, yo intentaba mantenerme solícito. En su status de Messenger tomaron puesto mis amigos: “Ro, Ocejo y Rojo son poca madre”. Hasta iban juntos al cine. A su vez, yo recibía amenazas de ellos, o me alejaba de Andrea o me destruían; hablaban en serio, eran basquetbolistas, yo un simple delantero con corazón de poeta obseso y enamoradizo. Al ponerse la situación de este color decidí tomar la sartén por el mango, devolví las amenazas vía mis contactos y con Andrea me convertí en adolescente de una sola palabra. En aras del amor lograría que ella comprendiera el significado de entregarse. Me sacaba de onda su mal agradecimiento. Le solté varios te amo sin titubear, la atosigué de regalos, le resolví problemas y a cambio recibí un terrible desdén. Hasta me usaba de amuleto para obtener permisos, por eso de la confianza que había obtenido de sus padres: “Estoy con Gus, me regresan sus papas a la casa”.

Pasó un año de intentos fallidos, de sentirme humillado y avergonzado, era verano. Una vez más me escapaba de mi casa para visitarla sin importar que saliera. Llegué. Saqué mi celular, marqué el número de su casa y ella contestó, así que colgué. Sólo quería cerciorarme de que estuviera. En automático le escribí un mensaje pidiéndole que nos viéramos y qué creen, me contestó con mentiras, le era imposible porque estaba de compras con su mamá. Fue ahí cuando reventó mi tolerancia y cometí mi primer delito: allanamiento de morada.

Puse mis tenis en el enrejado, me apoyé con la mano izquierda sobre el cachete de la casa contigua, con la derecha me impulsé para llegar a lo más alto de la reja, de un salto y arriesgando mi pellejo caí del otro lado, el impacto con el suelo de la cochera resonó hasta sus oídos, se asomó por las ventanitas de la puerta principal y le grité con cinismo: Hola, Andy, ya llegué. Corrió desaforadamente por la escalera, iba en pijama y desgreñada. Me acerqué a la entrada para comprender mejor la situación. Vi que no podría llegar más lejos, estaba bajo llave, era o tumbarla o deshacer la chapa. Opté por proclamar mi derrota y tener algo de dignidad. Lo último que vi fue el vapor que salía de alguna ventana de arriba. O bien, supe que Andy se escondió metiéndose a bañar. Me agoté y no quise volver a verla. Tiempo después me enamoré de su mejor amiga, Natalia, o bien, de mi primera novia.

 

Por Paco Talcós

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