“Mi energía espiritual es estrictamente proporcional a lo inhóspito del paisaje… Te vuelves franco y cordial, hospitalario y decidido… Al regresar a tierras civilizadas, la agitación, la perplejidad y el torbellino de la ciudad nos oprimían y sofocaban… Camino por allí como por un lugar sagrado, un sancta sanctorum. Allí está la fuerza, la médula de la Naturaleza.” – Henry D. Thoreau

 

En febrero de 2016, vivía con ataques de ansiedad y una fuerte crisis existencial. Una mujer mística se acercó a mí. Me invitó a correr en Trail en la Reserva del Desierto de los Leones. Yo estaba en una búsqueda de sentirme bien, así que acepté la invitación. Mi actitud era dispuesta, le entraba a todo lo que me recomendaran y el efecto que tuvo el Trail Running sobre mí superó por mucho las expectativas.

 Meses después, no me creí el hecho de que estaba a pocas horas de pararme en el banderazo de salida de mi primer Ultra Maratón. Vi mi reloj, eran las seis de la tarde, estaba en los Cañones de Guachochi, Chihuahua. Las cascadas frente a mí. Súbitamente me envolvió un sentimiento de plenitud, como llegó se fue, pero tuve la certeza de estar en el lugar correcto. De inmediato, caí en una dicotomía: deseaba que el tiempo se adelantara once horas para escuchar el pitazo de salida y, a la vez, quise detenerlo para evitar correr el maratón de 63 kilómetros. Así me di cuenta de que la carrera había empezado.

El sábado 15 de julio de 2017 a las 4:55 am, mi mente comenzó a especular el desenlace de la historia. 600 trail runners totalmente equipados, desde lámparas en la frente hasta bastones para el terreno, todos listos en el arco de salida esperando que fueran las 5:00 am. Cuando más estaba sumergido en escenarios desalentadores y sugestivos escuché a lo lejos: 3,2,1 y un balazo al cielo. Como estampida emprendimos el viaje hacia un tiempo y un espacio donde los pasajeros son la mente, el cuerpo y el espíritu. Mi cerebro sonaba a lo que un salón de estudiantes de primaria sin maestro (ruidoso, turbulento y caótico). Mi ego, que para efectos prácticos le llamaré Roger, dirigía la orquesta. La primera zancada la dio él destapando el cocktail de miedos e inseguridades que me acompañaron —¿acabaré la carrera?, ¿voy muy lento?, ¿voy muy rápido?, ¿me veré pro?, seguramente me veo ridículo corriendo—. En ese momento, lo único que pude hacer fue concentrarme en seguir con mi paso, y me mantuve atento a observar como Roger planificaba su estrategia para que yo abandonara la carrera. Pasaron dos kilómetros y el tipo cambió la estrategia, me aconsejó elogiándome, provocando pensamientos de pompa y grandeza. Nuevamente forcé mi concentración hacia mi paso. Si no lo hacía, sin importar la distancia, la estrategia de Roger para que me “quemara” terminaría con mi carrera. Esta lucha se repitió una y otra vez a lo largo del maratón.

Librando poco a poco la batalla interna con Roger llegué al abastecimiento del kilómetro 21, mentalmente cansado y totalmente ensimismado. Puse la vista en la punta de mis tenis, elevé la mirada y me encontré —cara a cara— con lo más parecido al paraíso: las Barrancas del Cobre.  Divisé los bordes cubiertos por nubes marcando el camino decorado por pequeñas veredas y monolitos amenazantes. Estuve a punto de bajar, pero no pude dejar de admirar lo que me rodeaba. Todo sentido de competencia y complejos de inferioridad desaparecieron en ese lugar. Con la inclinación propia de una barranca, el terreno perfecto, vestido de deportista y el cronometro en la mano izquierda me decidí a dar pasos cortos y firmes apreciando el saludo matutino. Pensé que había llegado, pero no.

Ignorando la ruta, confiado, desesperado y con autosuficiencia decidí apresurar el paso gritando: “pista, pista”. Para mi sorpresa, la bajada no había terminado y la barranca se encargó de calmarme dulcemente con unas cuantas azotadas contra las piedras. Llegué al siguiente abastecimiento, los voluntarios me recibieron con la noticia de que ese punto era el final de la bajada. Al mirar hacia arriba desapareció la impotencia, la frustración y la conmiseración, me di cuenta de todo lo que había bajado. Aprecié la cadena de montañas, todo lo que me rodeaba y acepté que soy nada en comparación a la naturaleza.

Después de haber bajado 1990 metros, correr en plano fue como correr en las nubes. Para ese punto llevaba 3 horas corriendo con las piernas cansadas y temblorosas. Otra vez las barrancas me apoyaron con un escenario que parecía sacado de Jurassic Park. Era momento de agotar y exprimir el sentimiento de libertad que sólo el Trail Running me da. Un poco de agua, unos electrolitos y a retomar el paso.

Al momento de estar anonadado por las águilas que cruzan las barrancas, por el rio que me acompañaba y por el cielo azul, salió Roger al cuadrilátero. Ahí fue cuando cobró sentido el porqué de dedicarme a esto. Agradecí tener salud, libertad, tiempo y, sobre todo, vida. Ahí desaparecieron las cargas, lastres y obstáculos mentales que no me permiten ESTAR. Ahí se situaron en su justa dimensión, dejaron de importar, ahí ya no estaban. Pero esa sensación, como todas, buenas y malas, pasan, son temporales. La planicie terminó y la subida conocida como las “zetas” comenzó. 1990 metros que subir, distribuidos en 9 kilómetros rodeando la Sinforosa. Para ese punto, habían pasado 40 kilómetros desde la salida, estábamos a 55 grados centígrados y mis piernas estaban agotadas. Entonces, elevé la vista y regresó Roger con la pregunta del millón: ¿Qué haces aquí?

Entre dimes y diretes con Roger me quité la mochila para sacar los bastones (esos que maldije todo el camino por estorbarme, hasta contemplé la opción de tirarlos). Di mi primer paso pensando que todo sería como en los entrenamientos. Durante la primera mitad fue un trabajo de purga en el que recordé a personas que me infundieron miedo para no ir a la carrera; también, de los que cuestionaron mi pasión y gusto por el Trail Running. Les deseé lo peor, les reproché haberme invalidado. Todos eran culpables de mis desgracias. La verdad es que el único que estaba hablando, desde el fondo del corazón, era el miedo. Lo entendí poco después, cuando en el camino —del mismo ancho de mis pies— volteé hacia abajo y sentí pavor de rodarme por la barranca. Vi hacia arriba y me faltaba una majestuosidad, no me sentía capaz de lograrlo, pero no tenía otra opción más que seguir paso a paso. En ese momento, entendí que hay quienes hablan sin comprender. Me llené de gozo y alegría por no poder dar crédito de hasta dónde había llegado. Con los pies ampollados y falto de una uña me aproximé al final de la subida. Emocionado por haber logrado salir del cañón recobré las fuerzas y retomé el paso. Quedaba enfrentarme ante un par de kilómetros más de subida, sin perder la esperanza y agotado seguí dando pasos hacia delante. Me transmitieron la energía faltante los espectadores de la carrera que apoyaron gritando: sí se puede. Seguí adelante y llegué al siguiente abastecimiento en el kilómetro 49, a sólo 14 de la meta. En ese punto los pasajeros mente y cuerpo habían dado su máximo esfuerzo. Con las piernas entumidas, los pies destrozados, insolado y agotado llegué a la recta final. Sólo pude acudir al último pasajero, el espíritu. Tomé un respiro y comenzó la verdadera carrera con una mezcla de emociones y sentimientos encontrados: las ganas de abandonar y la emoción de estar cada vez más cerca de la meta.

Esos últimos kilómetros fueron un curso intensivo sobre quién soy y sobre la confianza que tengo en un Poder Superior a mí mismo. Con un sinfín de recuerdos y emociones le pedí a Dios que me prestara piernas porque las mías habían dejado de funcionar. A momentos sirvió para avanzar unos cuantos metros, en otros, para nada, al menos eso creí. Faltando tres kilómetros para llegar a la meta quise rendirme, pensé en pedir aventón, al final preferí lanzar nuevas peticiones a Dios. Sin saber cómo ni por qué, todas las peticiones fueron respondidas y a los lejos vi a un amigo esperándome a un kilómetro de la meta con una botella de agua.

1 año y 3 meses después, cerré mi primer ultra maratón llorando de emoción y con un grito de dolor que duró 4 minutos, lo mismo que mi último kilómetro.

Por Rodrigo Masse

IG: @romatoruns

3 comentarios en “DE LA ALMOHADA AL KILÓMETRO 63 por Rodrigo Masse

  1. Eres grande hermano !!! Muy grande !! Felicidades por todo el éxito que has tenido ! Eres un ejemplo de que si se puede !! Solo ahí que hacer, lo que nos toca , y el resultado es algo divino !!

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  2. Guaooo eres un campeón con el espíritu tan grande que dios te escucho cuando hiciste tus peticiones, tuve la suerte de correr contigo en el cañon del paraíso qro. sigue descubriendo la grandeza del hombre y llegaras muy lejos

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