Jimena Larrazábal empuñó el mango del espejo de la abuela. Se puso el colorete, el gupillón y un poco de gloss. Estaba por salir a la universidad cuando, en la entrada de su fastuosa mansión, recordó no haberse rociado del perfume predilecto. Ondeando la mano le dijo adiós a su padre presuroso, y luego, a su madre quien arreglaba el florero.

La fragancia de su perfume era una mezcla de bergamota con buganvilla. Un aroma fresco. Lo compraba desde hacía tiempo y sin falta. Dentro de la bolsa en turno, guardaba siempre el frasquito muestra, y en casa dejaba el de tamaño standard, acomodado al lado de su neceser.

Llegó a la universidad; antes de bajarse de la camioneta volvió a perfumarse. Saludó de beso en la mejilla al novio, Diego, de quien desconozco el apellido, y Jimena entró al aula. Cursaba el último semestre de Mercadotecnia. Ese día no logró concentrarse en la clase, imaginaba inquieta cómo sería la comida del sábado con sus suegros, y sería como de costumbre, digo, llevaba conociéndolos cinco años.

Se perfumó para ver a los padres de Diego, y al saludarlos, aduló la belleza de la progenitora: «Ay, señora, qué bien se ve. Me encantó su vestido… Le traje un detallito.» Más tarde, fue a la reunión con sus amigas, “noche de niñas”. Tomaron vino y entre alaridos y disparates, ninguna entendió la intención de la otra. A media noche volvió a perfumarse en el baño; salió y le dijo a Regina: «Ay, cabrón, se me subió de la nada, güey.» El chofer la recogió medio borracha y despidiendo un olor desagradable, es decir, la mezcla de bergamota con buganvilla inmiscuida en el aroma del alcohol ingerido.

Pasaron los meses. Antes de graduarse, Diego le dió anillo de compromiso. En su titulación se perfumó, en la pedida de mano también, en vacaciones hizo lo mismo, y cuando la degustación del menú para la boda, se perfumó. Ansiaba el altar. Durante la espera, decidió hacerse instructora de spinning, estaba de moda y pagaban bien; además, mantendría en cintura su cuerpazo. Se casó, ¡su formación tuvo éxito! Tenía diploma universitario, esposo, ¡y ya estaba embarazada! En total tuvo tres hijos, mismos a quienes llevaba a una escuela autoritaria.

A los cuarenta años, mientras arreglaba el florero, se despidió de su hija María. Minutos más tarde se desplomó, y Diego la llevó a urgencias. Tras ciertos estudios, le detectaron Alzheimer. Dejó de reconocer a sus hijos, al marido, y olvidó toda estrategia mercadológica. De hecho, no sabía quién era ella misma. Un lunes, caminando por una tienda, percibió su fragancia favorita, y tampoco pudo hacer memoria. Si ya desconocía a María, ¿cómo podría evocar el perfume de la juventud?

Jimena Larrazábal murió.

Habiendo enfrentado el luto de su madre durante un año, María se alistó para ir a la universidad. Y empuñó el mango del espejo de la bisabuela.

FIN.

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